'CNET TECHNICALLY LITERATE' PRESENTA

El Rey de las Baterías de CubA

Cuento original de Cristina García
Traducido por Carolina De Robertis
Ilustraciones por Roman Muradov

CNET Technically Literate presents

El Rey de las Baterías de Cuba

Cuento original de Cristina García
Traducido por Carolina De Robertis
Ilustraciones por Roman Muradov

C

uando Ernesto Cuadra volvió a Cuba después de haber pasado cuatro meses de prisionero de guerra en un submarino alemán, nadie lo creyó. Todo el mundo supuso que se había escapado a La Habana con una novia o sido devorado por tiburones. No había dejado rasgos salvo en forma de Oscarito, su gemelo, quien se cansó de contestar preguntas acerca de su hermano. Sus padres encerraron a Oscarito en su cuarto, esperando que confesara, pero después de unas noches miserables de rechazo se dieron por vencidos. ¿Quién podía creer que Oscarito no sabía el paradero de Ernesto?

Esto ocurrió en la primavera de 1943. Ernesto era un vigilante de seguridad nocturno en una fábrica de ventiladores eléctricos en una parte hermosa de la costa cubana, la punta más hacia el este que es posible llegar en la isla sin caerse al océano. Era mayo, y un poco brumoso. La luna alumbró las nubes, y el aire estaba excepcionalmente quieto. Ernesto estaba solo vigilando la fábrica, propiedad de un tal D. Faustino Buendía, quien ni era doctor ni, con su ceño eternamente fruncido, había jamás en su vida tenido un día bueno. Ernesto tenía dieciséis años y recién había perdido su virginidad. Tío Eufemio lo había organizado. Su tío se había encargado de iniciar a todos los muchachos Cuadra en un burdel en Baracoa. Ernesto se sintió orgulloso de haber obtenido el puesto de vigilante de seguridad nocturno, aún más orgulloso cuando le encomendaron una pistola. Es decir: se había vuelto hombre.

Ninguno de estos logros le sirvió para nada cuando los cuatro marineros alemanes se le acercaron mientras que dormitaba en su puesto. Los mosquitos lo habían molestado por la primera hora de trabajo y luego ellos también zumbaron hacia el sueño. El alemán que despertó a Ernesto hablaba un español titubeante pero le aseguró que no pensaban dañarlo. Ernesto estaba confundido. Estos hombres descuidados, ¿eran fantasmas? ¿Demonios en uniformes hechos jirones y gorros de marinero? ¿O un sueño loco?

Lo que precisaban, dijo el alemán, señalando de forma tiesa con sus manos de nudillos grandes, era provisiones para su nave: jamón, mangos, café, manteca, huevos. Y, preguntó, ¿por casualidad Ernesto tenía por allí algunas botellas de ron? Esto no le sorprendió al muchacho. Todo el mundo sabía que en Cuba se producía el mejor ron del mundo. Ernesto parpadeó y se frotó los ojos. Quería acordarse de este sueño extraño para contárselo a Oscarito, quien probablemente haría un gesto de impaciencia, diciendo, Ve al grano, Ernesto. Y, como siempre, él contestaría, Los sueños no van nunca al grano, hermano.

Ernesto le dijo al líder (quien se presentó con el nombre Obersteuermann Joachim Freyer) que tenía dos latas de sardinas y un trozo de carne ahumada que su madre le había empacado para la cena. Con gusto los compartiría.

—¿Nada de ron? —Freyer pareció decaído.

Ernesto sólo se había emborrachado una vez, en la noche de su visita al burdel, de hecho, pero era particularmente cuidadoso de no tomar durante las horas de trabajo. Dr. Buendía le había advertido, Si te encuentro con tragos, ¡Te irás de aquí! De cualquier forma, el muchacho aún creía que estaba soñando así que cuando los alemanes lo desarmaron, apuntaron sus armas a su pecho, y demandaron que volviera con ellos al submarino, resistió.

—No puedo ir —gimoteó Ernesto—. Mami se preocupará.

Cuando Joachim tradujo sus comentarios a los demás hombres, hubo carcajadas pero nadie bajó sus armas. Pues, Ernesto se convirtió en prisionero. Luego se enteró de que los alemanes habían querido prevenir que él les denunciara a las autoridades y que ponga en peligro las vidas de las demás tripulaciones de submarinos en el Caribe. ¿Por qué, entonces, no lo habían matado? La respuesta era simple, explicó Joachim, mostrando sus palmas al cielo como un cura. Después de haber perdido a tres hombres en el mar, precisaban la ayuda adicional.

No era fácil para Ernesto acostumbrarse a la vida en el submarino. Primero, el ruido era infernal, y se puso verde por el mareo, tambaleándose como un borracho. El submarino casi nunca estaba quieto: se mecía, oscilaba, se bamboleaba, se balanceaba, escoraba. Ernesto se pegó la cabeza contra la tubería, se cayó de las escaleras de aluminio, se golpeó contra los volantes de mano, los mamparos, todo tipo de protuberancia. La tripulación le dio el apodo Blutergus por todos sus moretones. Claustrofóbico, se sentía como si estuviera atrapado en el cuello de una botella.

La humedad dentro del submarino (hasta para un isleño como él) era intolerable. Chorritos goteaban por el casco de acero hasta el pantoque. Su ropa estaba húmeda, y nunca se secaba del todo. Todo estaba limoso, mojado, pudriéndose, hasta la comida. Ernesto logró comer entre los bandazos extremos del submarino, tragando pan mohoso con manteca y mermelada, ignorando el sabor por fuerza, bajando la comida con un fuerte café. Gracias a Dios, por lo menos, había café, y de vez en cuando una lata de duraznos o peras (en Cuba Ernesto nunca había saboreado ninguno de los dos).

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Ernesto empezó a interesarse intensamente en las baterías de acumuladores de cincuenta toneladas que se prendían cada vez que se sumergía la nave.

Pero pronto la añoranza por su hogar se volvió más grave que su náusea. Cuando recordaba a su madre sacando piedritas de un colador de arroz, o su hermano boca arriba en la camita de paja que compartían, mirando las vigas, a Ernesto le costaba no llorar. De noche soñaba con papayas con lima, plátanos fritos, su helado de coco favorito. Una vez se despertó con el croar de las ranas arborícolas cubanas en los oídos y tuvo que cabecear para liberarse del sonido. En otra ocasión, La Virgen de la Caridad del Cobre le apareció a él en el mar tormentoso.

La mayoría de la tripulación era casi tan joven como él pero tenían barbas largas y apestaban como los chivos en el patio de Señora Portuondo. Ernesto no entendía casi nada de lo que decían, pero igual los hombres parecían felices de tener su compañía, palmeándolo en la espalda, gritando Gut! Gut! por cualquier cosa que lograba. Hasta el serio Capitán Wruck se puso más cálido con él después de un tiempo. Cuando Ernesto se desalentaba, los hombres trataron de levantarle el ánimo con fotos de sus familias y sus novias, quienes frecuentemente se llamaban Janine y habían sido adquiridas durante su licencia en Francia. Él, mientras tanto, se jactó de Oscarito, un genio de la matemática y un campeón regional de ajedrez.

Una variedad de ejercicios diarios y tareas de mantenimiento tomaban la mayoría del tiempo de los marineros. Uno de los operadores de radio, Ulf Dreher, lo tomó bajo su ala y lo permitió escuchar al hidrófono, que podía capturar los sonidos de los hélices de una nave hasta a cien kilómetros de distancia. En cambio, Ernesto le enseñó a Ulf, cuya cara estaba constantemente cubierta de forúnculos, frases útiles en español por si algún día conociera una cubana bonita: Me llamo Ulf. ¿Dónde está el baile? ¡Bésame, preciosa! Las expresiones que Ernesto oía con mayor frecuencia en el submarino eran Achtung! y Verdammt! y los marineros se rieron cuando él mismo empezó a largarlos espontáneamente.

Ernesto empezó a interesarse intensamente en las baterías de acumuladores de cincuenta toneladas que se prendían cada vez que se sumergía la nave. Los motores de diésel operaban a martilleos en la superficie, y mientras tanto recargaban las baterías. Una hazaña brillante de ingeniería. Eran enormes, oscuras y segmentadas, como una especie de bicho local que él y su hermano coleccionaban en una cueva cerca de Baracoa. La vista de las baterías le conmovía profundamente a Ernesto. Se mareaba, como esa vez que entró a la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción en Santiago de Cuba y las campanas de las dos torres empezaron a sonar a la misma vez.

Ernesto convenció al mecánico de más alto rango, Tobias Lenz, que le enseñara todo lo que se podía aprender acerca de las baterías. Pronto los dos se estaban comunicando a través de los gruñidos, los gestos, y un vocabulario creciente. Les deleitó descubrir que “torpedo” era la misma palabra en alemán y en español. Aunque eran fiables, las baterías podían ser muy tóxicas, y cuando se dañaban podían verter unos gases venenosos de cloro. Ernesto se dio cuenta de que estos gigantes eran los salvavidas del submarino y una amenaza mortal a la misma vez.

En los meses siguientes, el submarino patrulló la costa oriental, del Caribe hasta Terranova. Le sorprendió a Ernesto que los alemanes frecuentemente pisaban en secreto el terreno de sus enemigos (en Florida, los estados de Carolina del Norte y del Sur, Nueva York) para reponer sus provisiones y cometer actos de sabotaje. Resultó que Joachim y los demás hombres que lo habían raptado eran expertos en la demolición. En el norte de Long Island, explotaron una planta eléctrica enorme y miraron mientras que la costa entera se oscureció salvo las llamas que brincaban hacia el cielo. En otra ocasión, volvieron con una decena de jamones robados, ahumados al estilo de Virginia, aún tibios del cobertizo donde se habían estado curando. En la noche, hasta muy tarde, después de haberse sacado el uniforme, vestido sólo de camiseta y pantalón, Joachim recontaba sus triunfos mientras que el tatuaje de una sirena se crispaba en sus bíceps.

El submarino llegó hasta la punta sureña de Groenlandia, donde se encontró con un barco aljibe secreto a ochenta millas de la orilla. Para Ernesto no había nada más espectacular, más fascinante que esos témpanos de hielo: flotillas relucientes de todo tamaño y forma, translúcidas en las aguas verdes y claras o bajo los cielos crepusculares del verano. ¿Cómo era posible que este mundo existía en el mismo planeta que Cuba?

En las horas poco comunes de tranquilidad, Ernesto aprendió juegos de cartas como Döppelkopf y Skat, y soñó despierto con volver a casa. ¿Qué sería de él? ¿Jamás volvería de ver a su familia, o a Cuba? ¿Cómo le iba a Oscarito sin la protección de Ernesto (aunque eran gemelos, su hermano era el más tímido y el más flaco y la banda de Chucho Moreno frecuentemente le daba palizas)? ¿La vida procedía, como siempre, sin él? ¡Qué distancia había entre Baracoa y el olvido infinito del Atlántico!

Desde luego, Ernesto entendía que Cuba y Alemania eran enemigos, ya que Cuba se había alineado con los Aliados y había albergado a refugiados judíos. Pero nadie a bordo se lo reprochaba. Cuando otro de los mecánicos expertos, Hans Fricke, se atrapó en el tubo del torpedo a popa y se quebró la cabeza en los templos, Ernesto se sumó al duelo de la tripulación. Hans, a apenas veinte años de edad, solía excavar trozos correosos de chocolate del fondo de su bolso marinero para compartirlos con Ernesto. El mecánico fue sepultado en el mar la misma noche sin luna de su muerte.

Los alemanes tuvieron varias escapadas por los pelos con destructores británicos y estadounidenses (su submarino hundió a 32,000 toneladas de cargamento mientras que Ernesto estuvo al mar, en frenesíes intermitentes y febriles de cacería) y además hubo un incendio grave en el cuarto de control y unos cuantos contratiempos mecánicos. Pero lo más aterrador fue cuando los Aliados empezaron a usar bombarderos patrulleros de dos motores contra el submarino, frecuentemente marcando su posición con bombas de humo y tintura amarilla. El hecho de que convoyes enemigos estaban usando su propia defensa aérea aplastó la idea que los alemanes habían tenido del rol de submarinos en los conflictos armados, y los aviones lograron hundir decenas de los miembros de su flota.

Los marineros se burlaron del discurso que el Admiral Dönitz les había dado durante su última licencia en Lorient, la sede central para submarinos nazi en el oeste de Bretaña. Él había sido brusco e inequívoco acerca de sus deberes en cuanto a los enemigos de Alemania: perseguir, atacar, destruir. Pero ¿cómo carajo podían luchar contra aviones? Pronto un cementerio de ataúdes de hierro cubría el fondo del océano.

Nadie, y menos que nadie el Capitán Wruck, jamás había esperado esos momentos de gritar Flugzeug! en alta mar y tener que sumergir al submarino velozmente en busca de refugio.

Durante una batalla particularmente desgarradora con un buque de guerra británico, la tripulación estuvo atrapada por veintidós horas en la profundidad casi aplastadora de 280 metros. El acero chilló, las válvulas se explotaron, las chapas de la cubierta saltaron, y la nave fue impulsada a una oscuridad total. Bombas y cargas de profundidad detonaron arriba de ellos, creando temblores atronadores uno tras otro, y girando al submarino con una fuerza violenta. Los pantoques se inundaron y todos los hombres estuvieron sumergidos hasta los tobillos en agua, aceite, y meados. Medio asfixiados, temblando, mareados por el miedo, sabían que pronto no habría suficiente oxígeno para respirar. La presión creciente los aplastaría antes que las explosiones.

En los momentos más intensos del asedio, Ernesto susurró cincuenta y seis Ave Marías (escuchándolo, los alemanes se memorizaron todas las palabras en español): Dios te salve, María. Llena eres de gracia. El Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres. Y bendito es el fruto de tu vientre…Entre los rezos, Ernesto se enfocó en el latido de su corazón bajo la lengua. Mientras que esperaban como hombres condenados en su tumba acuática, él se sintió más cerca a la muerte que a la vida. Ernesto cerró los ojos y se despidió de su hermano, su madre, su Tío Eufemio, de toda la gente que él quería.

La hora siguiente de silencio diabólico fue aún más inquietante que las explosiones. ¿Habían logrado evitar la muerte? ¿Desafiar al diablo? Cuando la esperanza finalmente venció a la incredulidad, la tripulación gritó y aplaudió entusiasmadamente. Fue, Ernesto luego le contó a su familia, un milagro haber sobrevivido. Después los alemanes armaron una celebración con masas rellenas de puerco y un pastel de chocolate imaginario de siete capas. Fue “horneado” con harina de avellana y envuelto en nubes de glaseado de crema y manteca. Joachim le puso al gran evento el nombre de “fiesta de re-cumpleaños.”

El día en que Ernesto cumplió diecisiete años, los Alemanes lo emborracharon con lo que les quedaba de schnapps y fracasaron miserablemente en su esfuerzo de cantar el himno nacional de Cuba, compensando con un repertorio extensivo de canciones de borrachos. A pesar de los peligros extremos, y un temor que Ernesto no experimentaría de vuelta hasta la revolución cubana, creía que su tiempo en el mar había sido una aventura digna para un muchacho adolescente, especialmente un muchacho amparado como él. Humilde que era su familia, ¿qué otra forma tenía de salir de la isla? Su único arrepentimiento era que su hermano no había podido compartir la aventura con él.

Mientras que la guerra se empeoraba para ellos (la tripulación habló de esto abiertamente, lo que hubiera sido considerado un acto de traición) y gracias a las exhortaciones de Joachim, protector de Ernesto, decidieron, a pesar del riesgo que correrían, llevarlo de vuelta a Cuba en vez de entregarlo como prisionero. Eso, le dijo Joachim, resultaría sin duda en su muerte, y quería proteger a Ernesto cueste lo que cueste. Si hubieran sido descubiertos, todos los hombres hubieran sido ejecutados. En esos tiempos la mayoría de ellos creían que estaban luchando en una guerra ya perdida.

En su tiempo en el submarino, Ernesto sintió un cambio de su lealtad, no hacia los nazi, no, sino que hacia los hombres buenos que lo cuidaban y lo habían salvado de la soledad. Joachim hasta lo invitó a visitarlo en Berlín después de la guerra. En una noche tan brumosa e iluminada por la luna como la noche de su rapto, los dos se abrazaron como hermanos en el puente de mando del submarino, en las aguas del noreste de Cuba. Joachim le dio un regalo de despedida: unos valiosos binoculares Leitz 7 x 50.

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Después de la vida en el submarino, Cuba le parecía surrealista.

La familia de Ernesto se quedó estupefacta cuando apareció de vuelta en Baracoa, con pinta de hombre jungla salvaje. Diez libras más flaco y meciéndose como si aún estuviera en el mar, aparte de esos cambios era el mismo que antes. Ese sábado sus padres le dieron una fiesta de bienvenida e invitaron a todo el barrio. Asaron un lechón envuelto en hojas de banana, cocinaron ollas enormes de frijoles negros y arroz, e hicieron suficiente flan para que los dientes de todos duelan de la dulzura. Hasta el vendedor de helados pasó por la casa, sonando sus campanitas, y le ofreció a Ernesto un cono doble de coco, gratis.

Tío Eufemio contrató al mejor conjunto del pueblo a tocar changüis y guarachas que hicieron bailar a todo el mundo casi toda la noche. El padre de Ernesto, en su borrachera, brindó a su hijo pródigo y pidió bises de Dos gardenias para ti, acompañándolos con serenatas desafinadas a su esposa avergonzada. Mientras que Ernesto les contó a sus parientes y amigos la historia de su captura y su vida a bordo del submarino nazi, todo el mundo se rio como si estuviera contando el chiste más gracioso que jamás habían oído. Cuando se dieron cuenta de que estaba completamente serio (para comprobarlo recitó de un tirón frases alemanes puntuados con Achtung! y Verdammt!) se convencieron de que el muchacho de alguna forma se había golpeado la cabeza y que eso le había revuelto la memoria. ¿Cuál otra explicación podía haber por su ausencia?

Oscarito, quien odiaba la ambigüedad y disparaba sus palabras como si fueran flechas, pasó un brazo por los hombros de su hermano. —No me importa un carajo lo que te pasó, hermano. Sólo estoy feliz de tenerte aquí otra vez.

Ernesto no sabía cómo responder. A veces la verdad era tan extraña que era mejor permitir que la gente crea que estabas gozando de la fantasía. Después de la vida en el submarino, Cuba le parecía surrealista. Y extrañaba intensamente a Joachim y los demás hombres, la camaradería que habían compartido. Sí, a ellos los extrañaba más que nada.

Cuando la fiesta se había calmado, Ernesto caminó de la casa de sus padres hacia la central azucarera donde su padre había trabajado como un esclavo irregularmente por décadas, su trabajo dependiente del precio fluctuante de la caña de azúcar y el petróleo extranjero. Todo estaba tranquilo en esta mañana dominical, antes de la madrugada. Se quedó mirando las ventanas de la central, que normalmente brillaban con la luz carmesí del alto horno que había adentro. Las chimeneas habían silenciado su humo punzante. Aquí en el mundo de la caña de azúcar, el tiempo se había quedado quieto por más de un siglo, una estación siguiendo la otra sin casi ningún cambio. ¿Cuál era la diferencia entre los trabajadores de hoy y los de la época de su bisabuelo? ¿Qué tomaría para estabilizar el trabajo para Papá, para todos?
De vuelta en casa, Ernesto gateó hasta la cama de paja que compartía con su hermano, pero no pudo dormir. Se quedó pensando en las baterías gigantes del submarino, cómo mantenían la nave a flote, cómo salvaron a los hombres una y otra vez.

En 1957, Ernesto Cuadra ya era conocido como el “rey de las baterías” en Cuba. Después de la guerra, había estudiado ingeniería y luego había diseñado baterías comerciales que mantenían a todo en las centrales azucareras, de los rodillos exprimidores a los centrifugadores, operando sin gasolina, y sin interrupciones caras. Fue gracias a los alemanes que se hizo millonario por su propia cuenta, el más joven de toda la isla. Sus baterías fueron tan exitosas que Ernesto vendió sus patentes a productores en Brasil, en las Filipinas, y hasta en los Estados Unidos.

Ese mismo año, Ernesto tomó su primer viaje a Berlín para visitarlo a Joachim. Su amigo se veía más encogido que en el submarino, probablemente por el entorno diferente. El tatuaje de sirena en sus bíceps también se había atrofiado, destiñéndose a un verde anémico. Joachim se había casado con una polaca vivaz y tenían tres hijas, una de ellas albina. Esas divinas niñas habían heredado las manos desgarbadas de su padre. Joachim enseñaba español en un liceo local (con un acento cubano, nada menos) y lo haría hasta su jubilación. La próxima vez que enfrentamos a la muerte, será por siempre, dijo Joachim una noche mientras que tomaban cerveza.

Menos de dos años después, la revolución cubana tomó poder y destruyó el negocio de Ernesto, destruyó sus sueños, le sacó todo lo que tenía. El día en que entregó las llaves de su fábrica a la milicia fue el peor de su vida. El gobierno le pidió que se quedara en el rol de capataz, pero se negó obstinadamente. Por ello, fue condenado a un año de arresto domiciliario. Ernesto recibió un año adicional por haber encalado la puerta para quitarle el nombre, BATERÍAS CUADRA, CO. No quería tener nada que ver con esos ladrones comunistas.

A cambio de su amigo alemán, a Ernesto le tomó añares elegir una esposa. Tenía más de cincuenta años cuando se casó con Graciela, la viuda de su gemelo, y adoptó a sus seis hijos. (Oscarito se había ahogado pescando con lanza ilegalmente por la costa.) Fue, Ernesto notó con remordimiento en el funeral, la única forma en la cual su hermano había salido de la isla. Ernesto la ganó a Graciela, a pesar de su reticencia, con un bombardeo tremendo de claveles rosados. Ella era una peluquera, y glamorosa al estilo Hollywood, y mantuvo bien elegante el cabello blanco y abundante de Ernesto. A Graciela tampoco le convencía tanto la historia de su rapto, pero trinaba con deleite cuando él imitaba las voces guturales de la tripulación.
Estaba bien. Ya no le importaba lo que la gente pensaba.

La casa de Ernesto, que había sido tan espléndida, se derrumbó con el tiempo, de poco a poco: las lianas empujaron sus viñas entre las tejas del techo, y las ranas arborícolas cantaron en su cocina, a veces tragando enteros a los lagartos. ¡Cuántas veces se reprochó a sí mismo por no haberse ido de la isla cuando aún podía! Pero el remordimiento, él sabía, era la enfermedad más incurable.

Después de cumplir ochenta años, Ernesto se obsesionó con la idea de sobrevivir a Fidel Castro. Los dos habían nacido con sólo diecisiete horas de diferencia y treinta millas de distancia, en 1926. Ernesto siguió con vida a pesar de su surtido modesto de achaques (artritis, cáncer de próstata, alta presión), resuelto a que su archienemigo se fuera primero, y se mantuvo al tanto de los informes contradictorios sobre la salud del Comandante.

En su casa en la punta de Baracoa, a Ernesto le gustaba sentarse en la veranda, especialmente en noches de luna llena. En su hamaca de mimbre mirando al Caribe, escaneaba el horizonte con sus binoculares alemanes. A veces Ernesto imaginaba al viejo submarino subiendo del mar, volviendo por él. Pero esta vez, se prometió, no vacilaría. Iría por su propia voluntad.

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Pero esta vez, se prometió, no vacilaría. Iría por su propia voluntad.

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SOBRE EL AUTOR

Cristina García es la autora de seis novelas: Dreaming in Cuban (Soñar en cubano), The Agüero Sisters (Las hermanas Agüero), Monkey Hunting (El cazador de monos), A Handbook to Luck (Las caras de la suerte), The Lady Matador’s Hotel (El hotel de la torera), y King of Cuba (Rey de Cuba).

García ha editado dos antologías, Cubanísimo!: The Vintage Book of Contemporary Cuban Literature (¡Cubanísimo!: antología clásica de la literatura cubana contemporánea) y Bordering Fires: The Vintage Book of Contemporary Mexican and Chicano/a Literature (Voces sin fronteras: antología antigua de literatura mexicana y chicana contemporánea). Dos libros para lectores jóvenes, The Dog Who Loved the Moon (El perro que amaba a la luna) y I Wanna Be Your Shoebox (Quiero ser tu caja de zapatos) fueron publicados en el 2008, y una novela para jóvenes adultos, Dreams of Significant Girls (Sueños de niñas importantes), en el 2011. Una colección de poesía, The Lesser Tragedy of Death (La menor tragedia de la muerte) fue publicado en el 2010.

El trabajo de García ha sido nominado para el Premio nacional del libro de los EE.UU. y ha sido traducido a catorce idiomas. García ha recibido una beca Guggenheim, un premio Whiting, una beca de investigación Hodder de la Universidad de Princeton, y una beca del Fondo nacional para las Artes de EE.UU., entre otros. García ha enseñado en universidades de todo el mundo. Recientemente, García terminó su plaza como Catedrática en el departamento de Creación literaria en la Universidad de Texas-San Marcos, y como Profesora visitante en el Centro Michener para escritores de la Universidad de Texas-Austin. García vive en el área de la Bahía de San Francisco.

CRÉDITOS

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ILUSTRACIONES

Roman Muradov

ANIMACIÓN

Justin Herman

DISEÑO

Mark Hobbs
Marc Mendell

DESARROLLO

Mark Hobbs
Ramin Hedayatpour

PRODUCCIÓN

Ray Pawulich
Susan Lundgren
Jeremy Toeman