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Más autonomía y delicadeza: Mi lista de deseos para los 'wearables' de 2017

Los monitores de actividad física y los relojes inteligentes han evolucionado mucho, pero aún carecen de algunas cosas para que se conviertan, de verdad, en nuestros compañeros incondicionales.

Sarah Tew/CNET
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Se supone que las tecnologías de vestir, como su nombre lo indica, tendrían que llevarse en el cuerpo con facilidad, como un atuendo casi invisible. Esta indumentaria casi imperceptible, además, debería ser un vehículo de intercambios autónomos, al alcance de tu mano, en vez de un accesorio secundario de otro dispositivo madre.

Sin embargo, la mayoría de los wearables más avanzados hoy en día todavía no cumplen por completo ambas premisas: se sienten como artificios sobre la muñeca, sin la comodidad de un reloj tradicional o de una pulsera decorativa, y si es que consiguen llevarse sin esfuerzo, lo logran a costa de sacrificar funcionalidad, ofreciendo menos posibilidades. Muchos de ellos, además, no son independientes del teléfono inteligente.

En mi experiencia, aprendí a querer -- y a odiar -- algunos wearables, por diferentes motivos, desde su facilidad/complejidad de uso, apariencia y funciones, pero principalmente lo que más me preocupa es que le encuentro poca utilidad a los dispositivos más complejos. He disfrutado más aquellos que se proponen una única misión específica que a los que abarcan mucho -- y aprietan poco. Tal vez sea por esta razón que Apple dejó de posicionar a su Apple Watch original como "compañero de vida", para acercar al Apple Watch Series 2 al mundo de los deportistas.

Si tuviera que diseñar el wearable perfecto (imaginando que un ideal de este calibre pudiera llegar a existir) soy consciente de que no habría uno único y exclusivo para todos los usuarios, sino que serían múltiples, que se adapten a necesidades personales y cambiantes. Con esto en mente, arriesgaré aquí algunas hipótesis sobre lo que me gustaría ver en la tecnología wearable del año entrante.

Que los wearables sean autónomos

El primer requisito, y el más importante, es que las tecnologías de vestir se independicen del teléfono celular. Con las excepciones de los Samsung Gear S2 y S3 o el LG Watch Urbane LTE (y algún otro caso esporádico), la mayoría de los wearables actuales se sincronizan con teléfonos inteligentes mediante una conexión Bluetooth.

Sería muy útil que pudiéramos realizar operaciones más activas con la tecnología de vestir, en vez de ser receptáculos de información que proviene de otro sitio. Me gustaría poder enviar mensajes de texto o de WhatsApp, hacer llamadas y navegar en internet sin la necesidad de llevar un teléfono todo el tiempo. Además, otra gran desventaja para los que nos gusta escuchar música cuando hacemos ejercicio: es muy difícil hacer streaming de música en muchos relojes o monitores sin este vínculo indisoluble con el teléfono. Muchas veces, como en el caso del Apple Watch Series 2, podemos sincronizar una lista de reproducción para escuchar música desde el reloj de forma independiente, pero ¿quién descarga música hoy en día?

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En caso de optar por visitar algún lugar lejano sin celular, los wearables son un accesorio con extras, pero no autosuficientes. Temo perderme de alguna llamada importante, la confirmación de un evento o no poder contestar un mensaje de texto por no ir con mi teléfono.

Algunas empresas, aunque no lograron la conexión celular, inventaron soluciones curiosas para volver a estos dispositivos menos pasivos. Por ejemplo, el Pebble 2, un monitor bastante básico, cuenta con un micrófono integrado para responder llamadas o mensajes de texto con respuestas predeterminadas o emojis, una alternativa muy original que, aunque sigue dependiendo de la conexión del teléfono, brinda una especie de libertad condicional a la hora de interactuar con otros a través de esta tecnología de vestir.

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Esta falta de autonomía vuelve menester leer la letra chica y comprender qué pueden hacer los wearables realmente por sí solos. Cuando presencié la presentación del wearable Huawei Fit en San Francisco, el anuncio prometía un monitor de actividad física con GPS, pero, en verdad, este sensor de localización no forma parte del dispositivo, sino que está conectado mediante el celular. En cambio, el nuevo Apple Watch Series 2 hace la distinción lingüística (y práctica) de "GPS integrado", para aclarar que es parte del mismo reloj, para observar un mapa del recorrido mientras entrenas.

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Si pudiéramos confiar en nuestros brazaletes inteligentes más, sin el respaldo de sus hermanos mayores, los teléfonos, podríamos encontrarles más propósito, como cumplir funciones básicas de los celulares.

Que ganen en delicadeza, sin perder en calidad

Precisamente aquellos que sí logran por sí mismos operaciones propias de los teléfonos por su conexión celular, como los Samsung Gear S2 y S3, parecieran manifestar una relación inversamente proporcional en utilidad versus belleza. Mientras más prácticos son, menos bonitos se ven.

Y si bien la belleza es algo subjetivo, el tamaño gigante de los Gear es innegable. Pese a que haya hecho un guiño a las mujeres con su color rosa dorado, es un monstruo de reloj, bastante aparatoso, que cubre gran parte de nuestra muñeca. Lo mismo puedo decir del Apple Watch Series 2: aunque ahora incluye un nuevo material de cerámica, más de 50 combinaciones de bandas y, como su nombre lo indica, una colección de relojes, como los Hermes y el nuevo Nike+, sigue siendo un mini-iPhone cuadrado que ocupa mucho lugar en mi mano, y no entra debajo de mi camisa.

Para mujeres en particular, los wearables son todo un desafío: nos importa que luzcan bien, no deseamos renunciar a la feminidad, pero tampoco queremos sacrificar funciones en pos de una elegancia vacía. Aquellos dispositivos de este estilo más originales y que parecen, en verdad, una joya son el Flex 2 de Fitbit, que en su edición de metal cuenta con colores plateado, dorado y rosa dorado que se ven fabulosos, al igual que los Misfit Ray 2 y Shine 2, con su diseño más minimalista y moderno.

En el primer caso, en el monitor tan delgado de Fitbit, carecemos de un lector de ritmo cardíaco, y olvidamos, del todo, la posibilidad de tener una interfaz mínimamente legible. Opta por un sistema de luces en base a objetivos cumplidos que no está mal, pero que termina siendo más registro pasivo de mi actividad que un aparato donde yo pueda leer de forma activa mi desempeño. En el caso de los Misfit, Shine cuenta con el sensor para ritmo cardíaco, pero su sistema de golpecitos para activarlo, colores que dan señales y todo el embrollo que es configurarlo me quitan todas las ganas de intentarlo.

Si son coquetos, son poco convenientes, o sólo sirven para determinadas situaciones específicas, como contar los pasos en un paseo. Si son útiles, no son tan agradables a la vista, y puede que sólo los vistamos a la hora de entrenar, y nos los quitemos ni bien culminemos la actividad.

Algunos que no son necesariamente feos, como el Fitbit Charge 2, con sus brazaletes de goma coloridos, son bastante completos, pero no muy cómodos. Para estirarme en yoga o para dormir plácidamente, opto por sacármelo. El imperativo de que sea "invisible" y poder vestirlo casi sin notarlo, sigue brillando por su ausencia.

Admiro que las líneas de wearables sean cada vez más extensas, con muchas combinaciones de brazaletes de diferentes colores, materiales y estilos, para vestir uno u otro según la ocasión, pero cada opción conlleva un precio particular, y obtener varios implica contar con un gran presupuesto. Un brazalete Fitbit Flex 2 de metal, por ejemplo, cuesta casi US$90, cuando el monitor vale US$100. Podrían ofrecer algún tipo de descuento para clientes fieles, o promociones especiales en el caso de que compremos varios accesorios de este tipo.

Si de estética se trata, mi wearable perfecto tendría que ser delgado, sin perder información relevante como la lectura de ritmo cardíaco, cómodo para vestirlo todo el tiempo, incluso durante el sueño y fácil de combinar tanto con ropa deportiva como con un atuendo más elegante (puede venir con opciones diferentes de pulseras para cada ocasión, y que no nos cuesten un ojo de la cara). En este momento, no he encontrado aún una tecnología de vestir que cumpla con cada uno y todos de estos requisitos que pueden resumirse en: ganar en belleza y sutileza, sin perder en información y precisión.

Más inteligentes, más conectados y más específicos

En este mundillo de la tecnología de vestir, esta categoría engloba una amplia variedad de aparatos, que entre ellos conforman diversos sub-grupos. En general, los separamos entre relojes y monitores de actividad física, siendo los primeros aquellos que incluyen una amplia variedad de funciones: desde permitir la navegación en apps hasta mostrar notificaciones de calendario, mensajes de texto y llamadas, realizar pagos, etc. Los segundos, dedicados tradicionalmente a registrar entrenamientos, se convirtieron en dispositivos más complejos, y comenzaron a incorporar elementos de relojes inteligentes, como recibir mensajes, y hasta incluso empezaron a incorporar alertas de apps de terceros. La brecha entre ambas categorías se está volviendo cada vez más estrecha.

Por eso, los relojes tendrán que ser más y más inteligentes, para justificar su valor, que al menos dobla el de los monitores. Si los relojes desean cobrar relevancia y distinción en este mercado tendrían que operar de formas novedosas como, por ejemplo, control a distancia para abrir o cerrar una puerta, encender las luces, prender la televisión.

En una industria que está avanzando a paso firme en el hogar inteligente, causa curiosidad que no hayan pensado en los relojes como mandos para activar tareas domésticas. En el caso particular de Apple, también llama la atención que el Apple Watch Series 2 no esté del todo adaptado al ecosistema de la empresa, y colabore con encender otros aparatos, como la Mac, el iPad o el iPhone. Podría llegar a ser una "llave mágica" que abra puertas o el "pegamento" que una dispositivos compatibles.

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Los monitores de actividad también podrían estar más conectados con el mundo real y cumplir objetivos distintos para personas diferentes. Un desafío pendiente para este tipo de tecnologías es satisfacer las demandas de deportistas que prefieren diferentes disciplinas. El caso de la natación es muy ilustrativo: aunque cada vez más wearables resisten ser sumergidos, son muy pocos los que logran medir lo que hacemos bajo agua: nuestra cantidad de recorridos, la respiración, el ritmo de nado, el latido de nuestra corazón. Salvo algunos relojes como el de Apple, los monitores escasean en información acuática.

Lo mismo se aplica en actividades más relajadas, como pilates, yoga o meditación. Los aparatos más recientes han agregado "recordatorios de respiración" y procuran incentivar a los usuarios a obtener más momentos de calma, con la creencia subyacente de que una vida sin stress es más saludable. Estos incentivos son apenas notificaciones, pero no brindan ningún dato real que nos proporcione más control sobre este aspecto de nuestra vida. No miden cómo respiramos, en qué instancias estamos más relajados y más hiperactivos. Es tal vez pensando en este nicho que iniciativas como Spire buscan su lugar, para hacer hincapié en la desconexión.

Si de horas sueño se trata, mucha de la tecnología de vestir que probé este año me dejó algo decepcionada, con la excepción de Fitbit Charge 2 y Flex 2, que cuentan con un panel detallado en su aplicación en el celular, hora por hora, de sueño profundo, ratos despiertos mediante el registro de tu ritmo cardíaco. Pero no elabora recomendaciones, algo que sí confecciona la "hora de dormir" en la alarma de iOS 10, una posibilidad que no ha hecho eco en el reloj de Apple.

Y si profundizamos en el cese de actividades, muchos monitores no se detienen cuando, en un entorno urbano, esperamos que cambie el semáforo para cruzar la calle. Como sigue contando ese momento que paramos, baja la media de nuestro ritmo, por lo que empeora nuestro rendimiento, al menos en los papeles. Para informarle a nuestro aparatito que nos detuvimos, es necesario presionar el botón, porque no lee estos imponderables de forma automática.

Baterías más potentes, por favor

Por último, pero no menos importante, es la cuestión de la batería. En dispositivos con menos esfuerzo, como los monitores, suelen duran un promedio de 5 días, que se festeja. A medida que se le adicionan extras, como el GPS, el uso de la pila es más intenso y se agota más rápido, a veces al cabo de tan sólo algunas horas. Una batería duradera, o eficiencia en su uso, en un cuerpo pequeño, con funciones amplias, sería un excelente wearable.

En mi experiencia personal, prefiero las tecnologías de vestir que cumplen un objetivo específico, sin interrupciones, y que proporcionan un registro preciso y datos relevantes, que me sirven a la hora de tomar decisiones. Gracias a los Fitbit, por ejemplo, me di cuenta que dormía bastante menos de lo que pensaba; y que en verdad caminaba más de lo que creía.

Siguen sin convencerme aquellos dispositivos que tratan de hacer de todo, porque en tanta multiplicidad en una pequeña pantalla me deja con una sensación de confusión y de caos que marea.

En conclusión, mi wearable perfecto sería uno bello, con forma redonda, que luzca como una joya, con correas intercambiables según la ocasión y cuerpo de metal, de colores discretos pero elegantes como dorado o plateado con una pantalla siempre encendida que me brinde la información justa y necesaria. Ah, y también que pueda captar mi ritmo cardíaco, monitorizar mi sueño y todas mis actividades físicas y de relajación con nivel de detalle; que me permita usar mapas, hacer pagos, llamadas y contestar mensajes sin depender de mi celular, y que, además, no se agote fácil.

En fin, un gadget perfecto que, ojalá, no esté tan distante en el tiempo.