Una montaña rusa de realidad virtual en el centro de Barcelona

Samsung colocó un teatro de realidad virtual en la Plaza España en Barcelona y lo que ocurrió cuando la gente lo probó por primera vez fue impresionante.

Juan Garzón/CNET
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BARCELONA -- Prácticamente de la noche a la mañana, un enorme cubo de espejos apareció en el centro de la Plaza Cataluña de esta ciudad, interrumpiendo el tejido uniforme de la arquitectura barroca que decora la zona.

Durante una semana cada año, Barcelona se convierte en la Meca de los dispositivos móviles como anfitriona del Congreso Mundial de Dispositivos Móviles, una gigantesca exhibición que se concentra en los 240,000 metros cuadrados de la Fira Gran Via. Pero este año la feria llegó hasta las calles.

El cubo de Plaza Cataluña era nada menos que el Gear VR Theater, una sala de cine temporal que Samsung levanta en distintas ciudades por todo el mundo para llevar la realidad virtual a las masas. La experiencia es increíble.

Realidad virtual en la vida real

En los últimos tres años como reportera de tecnología de CNET en Español, he tenido varios encuentros con la realidad virtual y he sido testigo de su evolución; desde los primeros bosquejos pixelados en Google Cardboard hasta una vergonzosa experiencia pornográfica frente a un público en vivo durante CES este año en Las Vegas.

Tengo claro que la realidad virtual transformará la manera en la que percibimos el mundo en los próximos años, pero ya perdí ese asombro imparcial de ese primer encuentro. Y por eso, fui a Plaza Cataluña.

Durante el segundo día de MWC, nuestra productora de video Marta Franco y yo nos fuimos de pinta a esperar en fila para entrar al teatro Gear VR. Pese a la cantidad de turistas en las calles, sólo había una docena de personas haciendo la fila. La mayoría había llegado por curiosidad sin saber qué esperar de esta experiencia.

No esperamos más de 10 minutos, ni pagamos un centavo para entrar. Entramos a un teatro sin escenario ni pantallas, solo una plataforma con 24 butacas y unas gafas Gear VR esperándonos en cada asiento.

Lo primero que vimos al colocarnos las gafas fueron las instrucciones para ajustar y enfocar la imagen. Luego llegó uno de los asistentes del teatro para abrocharnos el cinturón uno por uno. Ya no podía ver la reacción de la gente a mi alrededor pero la ansiedad y anticipación en el aire era palpable.

En segundos ya no nos encontrábamos en los asientos del teatro sino en las sillas suspendidas de Tatsu, una montaña rusa en el parque de diversiones Six Flags en California.

Comenzó el paseo y nuestras sillas cobraron vida, bailando al ritmo de la montaña rusa, engañando la mente con cada vuelta. Podía ver a todos lados, el cielo hacia arriba, o el precipicio hacia abajo y pesar de mi experiencia con el mundo virtual, hubo momentos que olvidé que estaba en medio de una plaza en Barcelona y sentí las mariposas en el abdomen que había sentido de niña al visitar este tipo de atracciones.

Se escucharon carcajadas y gritos de pánico durante el recorrido, y no estaba segura si venían del mismo juego o de la gente. Al terminar el paseo y quitare las gafas quedó claro a quién pertenecían. Un par de chicos todavía brillando de adrenalina sonreían de oreja a oreja relatando la aventura, mientras que otra señora seguía encogida en un extremo de la butaca secándose las lágrimas de los ojos.

Lo que me di cuenta después de entrevistar a varios de ellos para nuestro video, es que para muchos no solo era su primer encuentro con la realidad, sino su primer encuentro con una montaña rusa. Personas que de otra manera no habrían tenido el valor de subirse a una atracción como ésta, jamás imaginaron que la experiencia virtual sería tan real como la versión de carne y hueso que existe Six Flags.

Al final, lo que más me llamó la atención de la experiencia no fue ni la tecnología ni la montaña rusa, sino la reacción de la gente. Entre llantos o carcajadas, todos salieron de ese cubo plateado con los ojos abiertos al futuro de realidad virtual y la capacidad que tiene de cambiar la manera en la que percibimos nuestra propia realidad.