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Cultura tecnológica

Siempre hay una primera vez: Mi reseña 'virgen' de 'Rogue One'

[Reseña con pocos 'spoilers'] Confieso que nunca he visto una película completa de la saga Star Wars, pero me animé con esta última entrega por insistencia de mis compañeros, y por pura curiosidad. ¿Mis impresiones? Personajes geniales, en un entorno mítico.

Photo credit: Jonathan Olley

No es necesario ser un fan de Star Wars para disfrutar Star Wars.

Dicho esto, me cuesta comprender el fanatismo que esta saga ha provocado en varias generaciones. Cuando mis colegas conversan sobre esta ópera espacial, siento que me estoy perdiendo de algo. Es como si un mundo de referencias se interpusiera entre su experiencia y la mía.

Con esto en mente, me dirigí a la sala de cine para ver Rogue One, dispuesta a emocionarme con lo nuevo (que para el universo de los adeptos es viejo y conocido). Pese a la lluvia, la función premiere estaba llena, con personas vestidas con sombreros alusivos, y con pantalones de diferentes tonos de grises que parecían representar universos lejanos.

No llegué a escuchar conversaciones ajenas, pero me sorprendió la respuesta colectiva en determinados momentos del filme. Al comienzo, la presentación arrancó un suspiro contenido de emoción de esos espectadores-participantes. Mi actitud era de pura observación: creía recordar un inicio con un fondo estrellado, y una tipografía antigua que se perdía, en diagonal, hacia el centro de la pantalla, como si los textos escritos pasaran de ser figura a estar más lejos, en el fondo.

La intro tradicional de Star Wars estuvo ausente, y eso fue algo decepcionante porque era uno de los pocos elementos característicos que hubiese podido reconocer. La fotografía del inicio, y de toda la obra del director Gareth Edwards, me hizo sentirme muy pequeña: paisajes desérticos, postapocalípticos, abandonados, desolados componen un escenario distópico, de esos que provocan retorcijones de barriga al sólo imaginar la mera posibilidad de un mundo tan, pero tan malvado.

Los seguidores de la saga me corrigen si no comprendí bien: en resumen, la esencia de la historia futurista es que un grupo de tiranos se ha apoderado de la humanidad, que ahora no es sólo terrícola sino que está compuesta de personas, robots y criaturas con cara de sapo, partes integrantes de una comunidad interespacial del mañana que está subsumida al imperio (o sea: los villanos). Del otro lado, emerge una resistencia (los héroes) que luchan por su libertad y que desean desactivar la estrella de la muerte (me llevó tiempo comprender esto: es una bomba para culminar con planetas enteros) para salvarse.

El arco narrativo es impecable, es de esas historias con principio-desarrollo-clímax-fin que se puede consumir hasta el cansancio, porque tiene escenas inolvidables. Lo más admirable es la fortaleza en la construcción de los personajes: la heroína sufrida de Felicity Jones es fuerte y decidida, y está dispuesta a hacer lo que sea por conseguir ser el orgullo de su padre (un científico del mal arrepentido) y el héroe interpretado por el mexicano Diego Luna es complejo y se enfrenta con contradicciones, en un inglés con acento latino que los directores no se han molestado en corregir (bien por ellos).

Los personajes secundarios son iguales de maravillosos: un luchador ciego que resulta ser el más avispado a la hora del combate y K-2SO, un robot inteligente reprogramado que "dice lo primero que sale de sus circuitos". Sé que siempre hay un protagonista robot en Star Wars, porque este año me tocó reseñar el androide juguete de Sphero (BB-8) y porque mi padre solía hacer chistes con Arturito, y ahora comprendo lo entrañable de esta figura: es una máquina humanizada, con personalidad propia, y hasta con sentimientos y empatía. Si de algo me enamoré en esta película, es de K-2SO. Si hicieran una película sólo sobre él, iría corriendo a verla.

Por momentos, noté que las otras personas en la saga se ponían nostálgicas. En algunas escenas, algunas imágenes volvían a mi memoria, como si Star Wars fuera más una parte de la cultura popular mundial, en vez de un simple conjunto de películas. Reconocí el sable luminoso, el ser maligno con capucha y voz aterrorizante, la magia de movimientos que congelan a los oponentes, las naves voladoras con ventanas que dan al universo, los feísimos sapos sabios que toman decisiones, la mujer bella con atuendo blanco y peinado con dos rodetes hacia los costados.

Aunque no seguí las diferentes entregas y se me pierden segmentos clave de la historia, Rogue One me entretuvo, aunque se haya demorado en tomar vuelo. Pero, una vez que comenzó la acción, no podría haberme levantado de la butaca. Me pareció cruel, brutal y, por momentos, quería ayudar a los personajes, tan inmiscuidos en sus propósitos grandilocuentes y trascendentales.

Vuelvo a la metáfora de la pequeñez del comienzo: los espacios son amplios e inhabitados, y pese a esta inmensidad de las galaxias, los seres disponen de una fuerza interna alucinante, y quedó grabado en mi cabeza eso de "Soy uno con la fuerza, la fuerza está conmigo".

Por fin comprendí de dónde viene la expresión "que la fuerza te acompañe", y seguramente Star Wars haya sido responsable de otras tantas metáforas cotidianas que ya no sólo pertenecen al mundo del cine, sino a la realidad.

Rogue One parece haber estado pensada para estos dos tipos de espectadores: aquellos para los que Star Wars es parte de la cosmología de su vida misma, y para otros, como yo, para los que es sólo una película más, una bastante buena en verdad. Para unos y para los otros, un aire mágico circundante y la certeza de que persiste otra historia englobadora, que es más que la suma de sus partes, hace valer la pena toda la experiencia.