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Star Wars: El cine de aventuras para una generación

[Opinión] Anteriormente fue Errol Flynn, y ahora probablemente sean Robert Downey Jr. o Chris Evans, pero para quienes éramos niños en los años 70 y 80, Mark Hamill, Harrison Ford y Carrie Fisher encarnaron el cine de aventura.

Cuando era niño, pude ver en la televisión películas como The Adventures of Robin Hood (1938) o Captain Blood (1935) donde aparecía un tal Errol Flynn blandiendo el acero con la gracia de un bailarín, gritando sus diálogos como si se tratara de una obra de teatro y con un guión tan ingenuo que resultaba perfecto para un niño que no llegaba a los 10 años. Esa fue mi introducción al cine de aventuras: los ciclos matutinos de cine de filmoteca con los que llenaban la programación durante el verano en la precaria televisión mexicana de los años setenta.

Luego, ya en el cine, una de las primeras películas no animadas que vi fue el remake de King Kong de 1976, con Jeff Bridges (mucho antes de que se convirtiera en The Dude) y Jessica Lange, pero no tuvo el impacto en mí que podría pensarse. Quizá estaba un poco demasiado chico aún.

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El trío protagonista de 'Star Wars Episode IV: A New Hope' (1977).

Twentieth Century Fox

Sin embargo, al año siguiente apareció esta película que de inmediato se hizo famosa y que mis padres me llevaron a ver: Star Wars. En ese lejano 1977 solo era Star Wars, ninguna nueva esperanza había en el título, solo así: La guerra de las galaxias. Esa fue la traducción y el nombre se grabó para siempre como un referente inevitable cuando se trata de cine; más cuando pienso en el cine de aventuras. Para mí y para muchos, si no todos, los compañeros y amigos que tenía, fue un parteaguas en nuestras vidas. Parece exagerado, pero no lo es.

El momento en que la vi fue, probablemente, cuando abrí los ojos y descubrí las infinitas posibilidades que representa el cine. Y estoy seguro que, como yo, mucha gente de mi edad, algunos mayores y otros menores, vivieron un cataclismo similar. La historia, el peculiar universo que nació y la pléyade de personajes hasta entonces impensables en la cultura popular abrieron todas las posibilidades.

El otro cine de aventuras, aunque entretenido, se sentía viejo. Quizá haya sido su cualidad monocromática o esas actuaciones tan acartonadas y forzadas del cine de los treinta, que a pesar de que sirvió como aperitivo se quedaba un poco rancio y eso fue evidente cuando vi Star Wars por primera vez.

Si lo pienso fríamente, esa imagen de cuando Luke Skywalker toma por la cintura a Leia —en ese momento no sabíamos que eran hermanos— y cruza un respiradero de la Estrella de la muerte escapando de los Stormtroopers que les disparan es el ícono perfecto de lo que debe ser el cine de aventuras, muy al estilo de Errol Flynn, pero aquí está a todo color y con rayos láser —lo que, de inmediato, le da la modernidad de la cual carecía el cine en blanco y negro que menciono.

Para esos años 70, las historias de piratas, las de vaqueros o los clásicos como Robin Hood ya se habían agotado. Incluso el Western, el último gran género de aventuras que tantas glorias tuvo en los 60 —sobre todo con los Spaghetti Western— no logró llegar con buena salud a la siguiente década; en cambio, mutó y Clint Eastwood que, aunque seguía siendo el vaquero de siempre, se convirtió en un antihéroe urbano con su Dirty Harry (1971). Esa tradición tan hollywoodense del cine de aventuras necesitaba un refresco y fue Star Wars (1977) quien se la dio.

Mark Hamill, Harrison Ford y Carrie Fisher encarnaron este nuevo cine de aventuras que era igual, en realidad, pero tan diferente. La guerra de las galaxias le roba, sin duda, cualidades a aquel cine de Flynn, y también al Western o a las películas de piratas —Han Solo es, en esencia, un vaquero pirata, si eso es posible.

La apuesta de George Lucas era, precisamente, todo eso, pero llevado al extremo: los piratas eran espaciales, los espadachines usaban sables de luz en lugar de floretes de acero y el héroe se mecía con una cuerda salvando a una princesa intergaláctica. Igual, pero diferente. A final de cuentas, el villano encarnaba todo el mal (o, en este caso, el Lado Oscuro) y su ejército se vestía con claras reminiscencias del uniforme que usaba el ejército Nazi de la Segunda Guerra Mundial. No podía ser de otra manera.

Recientemente hubo una discreta polémica en Twitter porque una niña de 4 años que veía por primera vez la película le preguntó a su papá por qué Skywalker cargaba un gancho y una cuerda en su cinturón, y este lo tuiteó. El reporte de CNET (en inglés) dice que Hamill contestó el tuit diciendo: "Es equipo estándar para rescatar princesas". Y es cierto. De no haberlo llevado, quizá los atrapan o los matan los guardias del Imperio y las otras ocho películas de la saga no existirían.

Y es que el cine de aventuras tiene una magia peculiar —ya sea con Errol Flynn o con Mark Hamill— que nace en buena medida de las ganas que tiene el espectador de creer en él. El cine de aventuras suele ser ingenuo y requiere mucho de la imaginación de quien lo ve para llegar a buen puerto. Ese fue el otro acierto de Star Wars, ya que llegó a capturar la imaginación de un gran público infantil y juvenil ávido de algo así. Los niños en los 50 salía a la calle disfrazados del llanero solitario, quizá, algo que para los niños en los 70 no era tan atractivo. Pero los rayos láser y los sables de luz son perfectos para reimaginar el cine épico y lograr así que todo el público vibre cuando tres personas salvan a la galaxia del malvado Darth Vader que estaba construyendo una estrella con la que mataría a quien se le opusiera.

Así, más de cuarenta años después, puedo decir que Star Wars es una película fundacional para el nuevo cine de aventuras de un Hollywood que, por alguna razón, había dejado de hacer cine de aventuras. Esta película fundacional, además, es la base de cosas tan elaboradas como el Universo Cinematográfico Marvel, que ha llevado al cine de aventuras varios pasos más allá. Por eso, es un acontecimiento que la saga de Star Wars termine ahora, con The Rise of Skywalker. Es —nunca mejor dicho— el final de una era que le abrió las posibilidades del mundo a una generación de niños que ahora estamos, peligrosamente, rondando los cincuenta años de edad y que estaremos sin falta sentados en la butaca del cine como cuando teníamos siete años.

Quizá por todo eso es que el final de Rogue One, que se enlaza con el inicio de aquella primera Star Wars, me ha parecido uno de los momentos más emocionantes desde Return of the Jedi (1983) en este universo cinematográfico. Por un segundo, mínimo y eterno, volví a ver esa imagen icónica de Leia (claro, digitalizada) y volví a tener siete años, por un segundo.

Reproduciendo: Mira esto: Visita con nosotros Galaxy's Edge, la expansión de Star...
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