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'Snowden' hará que quieras sacar la computadora de tu habitación

[Reseña sin 'spoilers'] El 'biopic' dirigido por Oliver Stone sobre el ex analista más famoso de la NSA consigue captar fielmente un episodio reciente de nuestra historia digital

Debería empezar esta reseña con una confesión: me quedé dormida viendo Citizenfour. Ese documental de 2014 ganador de un Óscar en el que la directora Laura Poitras y el periodista Glenn Greenwald entrevistan a Edward Snowden en una habitación de hotel en Hong Kong y éste delata cómo la Agencia de Seguridad Nacional (NSA, por sus siglas en inglés) del gobierno estadounidense espiaba indiscriminadamente a ciudadanos americanos, extranjeros y hasta políticos.

A pesar de ello, Snowden, el biopic dirigido por Oliver Stone, no me ha surtido el mismo efecto. Y eso que el filme arranca con el encuentro de Poitras (Melissa Leo), Greenwald (Zachary Quinto) y Snowden (Joseph Gordon-Levitt) en Hong Kong para iniciar esa tanda de entrevistas que luego darían lugar al documental.

Snowden se mueve entre esas entrevistas y diferentes momentos del pasado del analista en forma de flashbacks, a veces acompañados por una voz en off. Así vemos cómo, después de los atentados del 11 de septiembre, Snowden se apunta en las Fuerzas Especiales, pero lo echan por sus problemas físicos. Snowden encuentra otra fórmula para servir a su país, y acaba en un programa de formación para analistas de la CIA. Y después de eso vemos diferentes estancias laborales en Ginebra y Tokio en las que el analista siempre acaba encontrando puntos de conflicto entre el modo en el que el gobierno hace las cosas y cómo él considera que deberían hacerse de forma ética y transparente.

La película quiere asegurarse que entendamos que Snowden no es ningún inadaptado social sin amigos o con problemas para relacionarse. De hecho la relación del analista con su pareja, la fotógrafa Lindsay Mills (Shailene Woodley), se detalla de forma tal vez excesiva y no siempre lo suficientemente dinámica. Pero parece que Stone quiera que entendamos que Snowden no es un ciudadano medio más, sino que tiene problemas de pareja como todo el mundo y un trabajo, eso sí, muy, muy estresante. Además de un individuo con un sistema de valores y unos principios que hicieron que acabara decidiéndose a ser un delator y vivir en el exilio.

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Joseph Gordon-Levitt y Shailene Woodley en un fotograma de Snowden.

Jürgen Olczyk

Esa relación de Snowden con Mills es perfecta para una secuencia íntima entre ambos en el dormitorio en la que él se da cuenta con horror que la cámara de una de sus computadoras podría estar observándolos indiscretamente. Y es que, si algo va a hacer que sientas esta película, es paranoia por todas las formas en las que los hackers criminales o el gobierno pueden espiar cada uno de tus movimientos.

A pesar de lo mucho que Gordon-Levitt ha conseguido parecerse a Snowden con una buena caracterización y mejor trabajo de interpretación, el actor sigue manteniendo diferencias físicas con el analista. Entre ellas su tono de piel. Los comentarios repetidos a la palidez extrema de Snowden se hacen extraños en la película. Todos sabemos que el delator de la CIA no tiene el color más saludable del mundo, pero Gordon-Levitt no consigue que su piel se vea tan pálida o deslucida en ningún momento a lo largo del filme.

También entre las cosas que chirrían está Nicolas Cage, en el papel de uno de los formadores de Snowden en la CIA y como símbolo de talento y rectitud moral. Aunque su personaje, más un arquetipo que otra cosa, no logre lucir demasiado. Y es que Cage parece ser ya sólo una caricatura del actor que era antes.

Como toda película de Stone que se precie, el director no necesariamente deja que saquemos nuestras propias conclusiones y se asegura que sepamos dónde, en su opinión, reside la línea entre el bien y el mal. Algo que hace que los diálogos estén plagados de frases dignas de ser enmarcadas como: "parecería que la inteligencia debería contar para algo en el negocio de la inteligencia", "la mayoría de americanos no quiere libertad, quiere seguridad" o el hecho de que el pecado de elección del joven Snowden no sean ni las drogas, ni el alcohol, sino las computadoras.

Con los títulos de crédito no pude dejar de pensar dos cosas: debería hacerle caso a Ralph Echemendia y tapar hasta la cámara de mi teléfono móvil y tal vez debería darle una segunda oportunidad a Citizenfour, que al fin y al cabo tiene una puntuación de 88 sobre 100 en Metacritic frente al 58 de Snowden. Tengo la sensación de que Poitras debió ser un poco menos dogmática que Stone en su trabajo. Y, si algo me ha demostrado Snowden, es que ésta es una historia de lo más entretenida.

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