'Silicon Valley': regresa la sátira de la industria de la tecnología

'Silicon Valley', la comedia de HBO sobre la industria de la tecnología y la zona que le da su nombre, vuelve con su segunda temporada, llena de las idiosincracias de este extraño lugar.

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De la segunda temporada de 'Silicon Valley', los actores Martin Starr, Kumail Nanjiani, T.J. Miller y Thomas Middleditch (izq. a der.) Frank Masi/HBO

Ya me he acostumbrado y no me despierto cuando los autobuses de la compañías tecnológicas que trasladan a sus trabajadores desde San Francisco hasta Silicon Valley pasan por debajo de mi ventana cada mañana. Camino por la calle y me cruzo con un enorme cartel publicitario donde, sobre un fondo blanco, se lee "la vida es demasiado corta como para tener mal software". Me bajo en la estación más próxima a CNET y los pasillos subterráneos están empapelados con una campaña publicitaria con frases como "Baila como si nadie estuviera mirando. Encripta como si todos lo estuvieran haciendo" o "Rómpele el corazón a un hacker". Recorro las cuadras que me separan de la oficina junto a grupos de hombres que visten camisetas del mismo color corporativo con bromas que sólo ellos entienden sobre el funcionamiento de sus startups.

Este domingo pudimos ver el primer episodio de la segunda temporada de Silicon Valley, la serie de HBO que recrea la industria de la tecnología en la zona a través de las aventuras de la startup Pied Piper y que tan familiar nos resulta a los que estamos aquí. La comedia ha sido un éxito. Repasa todos los estereotipos de este mundillo: el nerd super inteligente con cero habilidades sociales, el tipo arrogante, ofensivo y misógino, el nivel de absurdidad de negociaciones que mueven miles -- o millones -- de dólares y que pueden cerrarse o desaparecer en cuestión de segundos, la casi total ausencia de mujeres. Etcétera.

Lo curioso es que, si vives y trabajas en la Bahía de San Francisco, la serie se ve casi como un documental. El creador de Silicon Valley es Mike Judge, que conoce la industria y el mundo de las startups desde dentro porque él mismo trabajó como programador. La historia cuenta con pocas mujeres, es cierto -- a pesar de la incorporación en la segunda temporada de, atención, una más en un papel relevante -- pero si hay una serie donde esta escasez está justificada, es precisamente Silicon Valley, lugar donde la desigualdad de género es un hecho conocido. Las fiestas grandes y suntuosas con barra libre son cosas de cada día. Las fiestas grandes y suntuosas con barra libre donde la mayor parte de los asistentes son hombres, también. Y sí, casi todos son blancos y asiáticos.

Algunos ejemplos. La idea de que una empresa que no genera ganancias pueda mover cantidades multimillonarias no es ni nueva, ni sorprendente. Al menos no lo es si sigues la actividad de las incubadoras y aceleradoras de Silicon Valley, las adquisiciones y las inversiones de capital en startups. ¿Te acuerdas, por ejemplo, de Yo, la aplicación para enviar exactamente eso, la palabra "Yo"? Los genios de la tecnología adolescentes para los que escribir código es solo un juego no son cosa de ficción. El desarrollador Michael Sayman es un ejemplo.

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El actor Matt Ross (de pie), quien hace una parodia del ejecutivo exitoso pero excéntrico común en la industria. Frank Masi/HBO

En el quinto episodio de la primera temporada, vemos al emprendedor Erlich Bachman (el actor T.J. Miller) intentando convencer al artista de graffiti Chuy Ramirez de que diseñe el logo de Pied Piper, y a éste pidiendo opciones sobre las acciones de la compañía a cambio. El resultado es un mural al que el adjetivo obsceno se le queda corto que acaba vendido por US$500,000, en un capítulo divertidísimo que nos recuerda demasiado a la historia del artista David Choe, que escogió acciones de Facebook en vez de efectivo cuando pintó las oficinas de la compañía en el 2005 -- por las que ingresó millones. Y, aunque no parece probable que un coche te acabe llevando por sí mismo a una isla perdida como vimos en la primera temporada, el desarrollo de robots y de coches autónomos es algo que ya llevamos viendo desde hace tiempo.

Y ahí reside la principal virtud de la serie, en ser capaz de ser tremendamente divertida en todos sus clichés y absurdidad mientras recrea situaciones que a los que vemos Silicon Valley desde cerca nos resultan demasiado familiares. Hace unas meses, una conocida me hablaba de la polémica alrededor de MonkeyParking, una aplicación que fue prohibida tras intentar facilitar el intercambio comercial entre conductores, por decirlo de alguna manera, de plazas de estacionamiento libres y públicas en las calles de San Francisco, y se preguntaba cómo estos emprendedores no habían sido incapaces de ver que la idea resultaría problemática (por cierto, acaban de volver al ruedo facilitando el alquiler, esta vez, de plazas de aparcamiento privadas). En la serie, los capítulos finales de la primera temporada nos muestran a los protagonistas compitiendo contra otras startups en la conferencia TechCrunch Disrupt, y son tremendamente divertidos y brutalmente críticos en su representación de una industria en la que sus miembros hablan monótonamente de "hacer del mundo un lugar mejor" mientras se fríen en microondas.

En la primera temporada acabamos emocionándonos al ver funcionar un novedoso algoritmo de compresión. En serio. Casi llorando al ver la compresión de un archivo. Por el momento, la segunda temporada nos quiere ilustrar sobre los riesgos de conseguir demasiado capital de riesgo en etapas tempranas, un problema que los simples mortales no tenemos pero que se debate con ansiedad en los cafés de la zona de la Bahía.

¿Cómo ha conseguido Silicon Valley que semejante planteamiento resulte divertido? Con personajes delirantes, referencias ingeniosas y frases como "no quiero vivir en un mundo donde otro hace del mundo un lugar mejor, mejor que como nosotros lo hacemos".

Silicon Valley está de vuelta. Y ojalá que dure.

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