CNET también está disponible en español.

Ir a español

Don't show this again

Televisión y cine

Anthony Bourdain: Una humanidad llena de decencia y compasión

[Opinión] CNN confirmó el viernes que el chef y conductor de TV Anthony Bourdain murió en Francia por aparente suicidio.

anthonybourdain

Anthony Bourdain estaba en Francia filmando la nueva temporada de su programa Parts Unknown en CNN.

CNN

Yo sólo conozco a Anthony Bourdain de la televisión. Nunca he leído sus libros, ni tampoco me topé con él en la llamada vida real.

CNN, la cadena para la que trabajaba, anunció oficialmente que Bourdain murió hoy por aparente suicido en Francia.

Quienes me conocen saben que tengo una aversión casi patológica al culto a la personalidad porque tiende a colocar a seres humanos en posiciones de las que sólo pueden caerse. Bourdain tenía la cualidad de mostrarnos y decirnos –con sus gestos y palabras– que él era un dios caído. No era necesario colocarlo a un nivel mayor que el resto de la humanidad porque su posición en la Tierra era la de caminarla en el mismo plano que todos los otros humanos.

La actitud que mostraba en sus programas de televisión –de los que hubo varios, el más reciente llamado Parts Unknown en CNN– era de una curiosidad inmensa por las pasiones de otros. Un respeto casi místico por lo diferente – añejo y nuevo– con la única condición de que partiera de una autenticidad que el mundo occidental está perdiendo. Curiosamente, incluso en sus viajes por Estados Unidos o Europa, Bourdain nos mostraba mundos que estaban por desaparecer o, aun mejor, que se negaban a desaparecer en honor de esa humanidad que el tanto respetaba.

Esa compasión –vivir el dolor y las pasiones de otros a través de una conexión honesta y visceral, como lo define la escritora Karen Armstrong (en una interpretación un tanto libre mía)– era su marca registrada. A pesar de aparentar ser un neoyorquino duro y cínico, Bourdain conectaba con los otros, esa gente distinta que tanto miedo le da a algunos, con una transparencia y honestidad que rayaba en lo infantil: era como un niño curioso y puro que compartía sus descubrimientos con nosotros.

Ese nosotros éramos mi familia y yo. Bourdain lanzaba insultos, mostraba fatiga y tedio. Era una amena colección de defectos de carácter; amena porque no pretendía ocultarla. Con mi familia nos reíamos íntimamente con él cada vez que tenía que leer un script o una promoción: su desdén por lo ensayado y poco auténtico era evidente, y divertido.

Muchos lo describen como un chef y autor. Esas eran las cosas que hacía. Pero mi impresión es que las cosas que era, su esencia en la definición más pura de la palabra, era mucho más que sus viajes y la comida que degustaba. Dos ejemplos formaron mi opinión: el primero es un texto sobre los mexicanos y México, en donde comparte su amor por el país. Escrito antes de la era de Donald Trump y de la ola actual de sentimientos anti-mexicanos, Bourdain termina su texto con una confesión: "Es un país del que me siento particularmente apegado y agradecido. En casi 30 años cocinando profesionalmente, prácticamente cada vez que he entrado a una cocina, siempre fue un mexicano el que me cuidó, el que me apoyó, el que me mostró qué era qué". Luego, continúa: "En los años de hacer televisión en México, es uno de los lugares en los que nosotros, como equipo, estamos más felices cuando acaba el día. Nos reuniremos alrededor de un puesto de la calle y pedimos unos tacos con sus deliciosas y frescas salsas –bebemos cerveza mexicana, mezcales ahumados, y escuchamos con ojos húmedos las canciones sentimentales de los músicos de la calle. Nos miramos y decimos, por centésima vez, qué lugar tan extraordinario es éste".

Leer eso me llena a mí de lágrimas en los ojos. Bourdain tenía una cualidad de la que carecen muchos occidentales: la auténtica apreciación por esas diferencias, el amor por el otro y una osada falta de miedo hacia lo nuevo –un miedo muy evidente en estos días que inspira lo peor de la cultura estadounidense.

Guillermo Arriaga, guionista de Amores Perros, 21 Gramos y Babel, gustaba decir en sus clases en la Universidad Iberoamericana que cuando las medusas se abren demasiado para captar los rayos del Sol ya no se pueden volver a cerrar. Creo que, sin pretender dar un diagnóstico, eso es lo que le pasó a Bourdain: se abrió tanto que no se pudo cerrar.

El segundo ejemplo de la esencia de Bourdain es el episodio de Parts Unknown en Borneo, un episodio caótico e increíblemente crudo. Bourdain vuelve a esta pequeña isla del Pacífico 10 años después y confiesa que la primera vez no pudo disfrutarla porque había ido "con el corazón destrozado por el amor". En esta nueva ocasión, se presenta como un ser más maduro -- y más imperfecto. Bourdain se regodea en ese hallazgo: soy imperfecto, pero más humano que nunca. Con esa infinita humanidad, se presta a participar en una bacanal de dos días con la tribu del lugar, dos días en los que pasa solo unos minutos sobrio.  Incluso, se da tiempo para tatuarse bajo un proceso tradicional que incluye un martillito -- y que se ve sumamente doloroso. El clímax es que ha sido elegido por la tribu para realizar un acto de gran honor, algo que no pudo hacer la primera vez: matar de una estocada al cerdo que comerán en el festín principal. Bourdain nos narra cada detalle de lo que implicó para él este honor -- y CNN nos ahorra las imágenes más gráficas -- y se consagra en una experiencia que para él y para el espectador resulta inolvidable.

Ese Bourdain siempre será bienvenido en mi casa. Gracias, Anthony, por tener más huevos que todos nosotros y nunca temer mostrarte como eras al mundo. Y gracias, Anthony, por tu enorme compasión y decencia hacia los otros, por tu humanidad.

Descanse en paz.