La Aurora Boreal: el mayor espectáculo 'geek' de la naturaleza

La Aurora Boreal es uno de los espectáculos más únicos de la naturaleza, pero nada garantiza que el viajero pueda verla en una visita fugaz al norte del planeta. Pero cuando logras verla, difícilmente la olvidarás.

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La vista donde se hospedó el autor en White Horse, Canadá. En la tercera noche de su viaje pudo ver la Aurora Boreal. Gabriel Sama/CNET

A la tercera noche, la vimos.

Como animadas por la mano invisible de la Vía Láctea, de espíritu líquido y libre, ver la Aurora Boreal me hizo sentir como miembro de un club de privilegiados con el mejor asiento en un espectáculo sideral.

La fascinación de nosotros los geeks con la Aurora Boreal es fácil de explicar: los juegos de luz en el cielo son la reacción de las partículas cargadas de las llamadas tormentas solares interactuando con los átomos en la atmósfera y el campo magnético de la Tierra.

Tuve la fortuna de verlas a fines de 2014, en la región de Yukón en Canadá. Google recién publicó unas imágenes de la Aurora, pero vista desde Finlandia. Pero, sobra decir, no hay nada como verlas en vivo.

Una aclaración: no tengo fotos porque tomé la mala decisión de confiar en un iPhone 6, cuya cámara simplemente no tiene la capacidad de captar estas luces en un ambiente tan oscuro, a pesar de que algunas iluminaban el cielo. Si te animas a hacer un viaje así, lleva una cámara que esté al nivel de las necesidades.

Desde San Francisco, volé con mi familia a Vancouver (dos horas) y luego a White Horse (otras dos horas) la ciudad donde nos hospedamos.

La Aurora Boreal aparece todo el año, pero es más fácil verla en la oscuridad total. Por eso, lo ideal es ir de septiembre a abril, cuando las noches son más largas. Ir en diciembre, como nosotros, implica exponerse a temperaturas de hasta -40º C. Nosotros tuvimos la suerte de "sólo" llegar a -27º C.

Para poder verla, también, hay que ir a un lugar lejos de las luces de la ciudad. Los tours locales cuestan unos US$100 diarios por persona, por lo que los evitamos. En su lugar, nos quedamos a unos 25 minutos del centro, en una cabaña. Aun así, no hay garantía de que las puedas ver. Varios sitios Web se dedican a informar sobre el nivel de actividad cada noche, pero ni eso asegura poder mirarlas.

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La mejor foto que el autor pudo hacer de la Aurora Boreal con su iPhone 6; la imagen ha sido tratada a través de los filtros de Instagram. Gabriel Sama/CNET

La razón es obvia: a pesar de que estamos en un ciclo de gran actividad solar, que produce auroras muy potentes, el clima -- o sea, las nubes -- son el factor más determinante para verlas -- o no. O sea, si está nublado, no hay mucho que hacer al respecto.

El Yukón ofrece mucho más que este festival de luces de colores, como descubrimos. Hospedarnos a la orilla de una montaña con vista a un lago congelado, la imagen del amanecer que pintaba esas colinas de dorado, junto con millares de pinos tapizados de blanco, casi compensa no ver las luces.

Porque en ese ejercicio de perseguirlas por el horizonte tiene que existir un cierto grado de resignación. Los locales no se cansan en repetir que no hay garantías: cuentan historias de visitantes de tierras lejanas que, a pesar de observar el cielo por horas cada noche, partieron sin siquiera un viso de verdor en el cielo.

Tras escuchar esto una y otra vez, y dos primeras noches de fracasos en los que me quise convencer de que el brillo de la luna sobre las nubes o las luces lejanas en el horizonte eran la probadita de aurora que el destino reservó para mí, comencé a repetirme que quizás a mí no me iba a tocar.

Por un momento pensé que me iría de White Horse sin verlas, justificando el viaje con los paisajes hermosos a los que estuvimos expuestos y la calidez de los lugareños. Pero a la tercera noche, la cosa cambió.

Ésta comenzó con buenos augurios: total claridad, que permitía ver un tapiz de estrellas. Me cubrí con toda la ropa posible y me senté afuera de la cabaña, sobre el lago congelado. A pesar de creer ver algo, a las 12 a.m. me rendí y me fui a dormir, programando el despertador como las noches anteriores para asomarme por la puerta cada dos horas.

Pero a los 40 minutos, la empleada del sitio donde nos hospedamos tocó la puerta. Yo dormía profundo, así que casi no entendí lo que dijo mi esposa: "Las luces se ven". Tomé mi abrigo y me salí en pijama. Y ahí estaban: verdes, brillantes, majestuosas. Me había convencido de que las fotos y los videos se veían tan intensos gracias a la apertura del obturador y el tiempo de exposición. Pero en vivo las vi igual. Intensas, luminosas e impresionantes.

Lo que no sabía es que se mueven, constantemente. Cambian de forma, intensidad y color a cada momento. Como serpientes de luz, inician en un punto y recorren el cielo en segundos, a veces como olas y otras como fuegos artificiales. Aunque el verde es el color predominante -- a veces verde olivo, otras veces verde claro -- se pueden distinguir tonos de amarillo, rosa e, incluso, morado. Unas veces es como una gelatina de limón en el espacio, otras parece que una mano gigantesca pinta caprichosa en el cielo rayas, líneas y pinceladas con una brocha fosforescente.

Para verlas, hay que mirar al norte. Entre el cansancio de tres noches de despertar varias veces a encender la chimenea y asomarme por la puerta, tuve que fijar los ojos en el cielo por dos horas para convencerme de que finalmente las estaba viendo -- hermosas, dinámicas, gigantes, imparables -- y llevarme esas imágenes para toda la vida.

La cabaña y el lago apuntaban al sur, pero aún así la intensidad de las luces esa noche permitió que los brillos y colores llegaran hasta ahí. Para describir eso, me faltan palabras; ni las fotos, ni los videos, ni las anécdotas de otros sustituyen el privilegio de verlo. Para un geek que rara vez deja la oficina, este juego de átomos, campos magnéticos y electricidad es como acercarse a la gloria.

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