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Televisión y cine

La película Esto no es Berlín es una ofrenda a la construcción de la identidad

[Opinión] La nueva película mexicana muestra los retos de crecer en la clase media en México en los años 80 y las implicaciones que tuvo para la formación de la personalidad de toda una generación.

La identidad no es algo fijo. Hay que forjarla, y requiere dosis parecidas de aceptación y rechazo. Y, según lo cuenta la película mexicana Esto no es Berlín, es factible que halles las piezas para construir tu identidad en los sitios más inesperados.

Si Roma (2018) de Alfonso Cuarón me puso a pensar sobre mi privilegiada niñez, Esto no es Berlín (2019), dirigida por mi hermano Hari Sama, me ha hecho reflexionar sin pausa, desde el día en marzo en que la vi en el Festival de Cine de Sundance, sobre mi identidad: como hombre, como mexicano, como inmigrante, como padre, como humano. Porque a pesar de no estar siempre consciente de ella, mi identidad está constantemente en movimiento. No es una idea estática sino que, como el río del filósofo, está cambiando todo el tiempo, incluso cuando no me doy cuenta.

Esto no es Berlín trata sobre la adolescencia de Hari, y un poco de la mía (el personaje de la película inspirado en mí es menor; aparezco como un niño de 8 años llamado Lucho, aunque yo tenía 15 años en 1986, que es el año en que está ambientada la película). Ubicada en el año del Mundial en México, cuenta la historia de unos chicos de un suburbio al norte de la Ciudad de México, un lugar conocido como Satélite y que importa solo a quienes ahí habitan. Es un purgatorio que puede resultar atosigante, como el Nueva Jersey en Being John Malkovich (1999) de Spike Jonze.

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Xabiani Ponce de León (Carlos) y José Antonio Toledano (Gera) en 'Esto no es Berlín'.

Cortesía

Mientras que la colonia Roma de Roma ha sido por décadas el eje de la cultura de la pequeña burguesía capitalina, Satélite (y aledaños, porque nuestro barrio se llamaba Echegaray) es el lugar donde, a principios de los 70, fueron a caer las clases medias más insaciables, las que aspiraban a vivir en el primer mundo, con sus jardines manicureados, grandes avenidas, anchas autopistas y enormes centros comerciales.

En la calle donde vivía eran común ciertas cosas: los divorcios, los padres ausentes, las madres solas y las adolescentes embarazadas. Para esos miembros de la clase media suburbana, los años 70 representaron un cisma que se cargó muchos de los usos y costumbres con los que las generaciones anteriores habían guiado su comportamiento, sin necesariamente tener una idea clara de cómo llenar ese hueco.

Roma, de Alfonso Cuarón, toca justamente ese resquebrajamiento del núcleo familiar. Esto no es Berlín muestra lo que pasó con los hijos de esa generación de padres divorciados en el México de los 80.

Pero vivir en un satélite de la Ciudad de México tenía sus ventajas. Implicaba ser pioneros, vivir en un experimento social sin las anclas que nos ataban a lo "mexicano" -- con comillas -- con todas sus implicaciones. Ofrecía una libertad desconocida, que ayudó a negar el pasado conservador de las clases medias y que abrió espacios y oportunidades nuevas, insospechadas y un tanto intimidantes. La libertad absoluta de inventarse por completo, de forjar desde cero una identidad, algo que puede resultar aterrador de tan vasto.

Porque los clasemedieros nacidos ahí difícilmente nos identificábamos con el lejano México que estaba del otro lado de las Torres del Satélite. La zona era un verdadero desierto cultural donde no había teatros ni museos. Íbamos a escuelas privadas donde aprendíamos principalmente inglés e intercambiábamos tarjetas coleccionables de jugadores de fútbol americano o béisbol, soñando algún día comernos un buen hot dog en esos estadios tan distantes. Uno de los sueños era "ir al otro lado" para comprar todas las cosas que no hallábamos en nuestras tiendas, donde no había productos de importación. De los manjares más codiciados eran las latas de Spam que se abrían solo en ocasiones especiales -- porque nadie nunca nos dijo que ese no era jamón de verdad.

En esa misma era se bloqueaban los anuncios en inglés en las cadenas por cable como MTV, cuando nos sentábamos horas frente a la reproductora Betamax o VHS a grabar los videos musicales — de Quiet Riot, Pet Shop Boys, Talking Heads, Devo, Tears for Fears, Aha y Men Without Hats, a quienes conocíamos mucho mejor que cualquier cantante de ranchera o balada (aquí puedes hallar el soundtrack de Esto no es Berlín en Spotify).

En ese mundo vive, y de ese mundo quieren escapar los jóvenes de Esto no es Berlín. Porque cuando tu identidad no viene a ti, tienes que salir a buscarla.

Como lo cuenta mi hermano Hari, en ese 1986 mundialista Carlos, el protagonista, se escapa de su suburbio y conoce un antro llamado Aztec Lounge gracias a Rita, la hermana de su mejor amigo Gera y a sus buenos oficios técnicos (Carlos repara el sintetizador de la banda en la que canta Rita y con ello se gana una invitación al bar). En su primera noche en el Aztec, los chicos (menores de edad) preguntan: "¿Este bar es gay?". Y les responden: "Este bar es de todas las cosas".

Cuando Carlos, en la película, descubre al grupo de artistas que habitan el Aztec, ve en ellos un potencial enorme para esa libertad confusa que él ha comenzado a expandir. Los jóvenes que se reúnen en el bar juegan a ser artistas, inspirados en ideas extranjeras. "Esto no es Berlín, es México", les dicen. Para todo joven, comprender en dónde está y a dónde quiere ir es la definición de su camino hacia esa reticente y evasiva identidad. El bar (y lo que representa) le permite a Carlos emprender una búsqueda cultural, sexual y artística. que, aunque no exenta de obstáculos, confusión y dolor termina con un tono sobre todo optimista (aunque no ingenuo) sobre lo que el futuro le depara a esa generación.

El impulso emocional de Esto no es Berlín viene de las extraordinarias actuaciones de Xabiani Ponce de León (Carlos), José Antonio Toledano (Gera), Ximena Romo (Rita), Mauro Sánchez Navarro (Nico), Klaudia García (Maud) y el resto del talentoso y joven elenco. He intentado prescindir de la hipérbole para describir la película -- siendo que el director es mi hermano -- pero este grupo de actores va a marcar una época y darán muchísimo de qué hablar, igual como hicieron Gael García Bernal y Diego Luna en Y tu mamá también, otra gran cinta sobre la clase media mexicana.

Mi búsqueda en esas épocas fue un poco más mundana. Mi reto en los años que van de 1986 y hasta que volví de un año en Europa en 1990 fue entender cuáles eran los alcances, características y condiciones de esa aparente libertad ilimitada. ¿Qué significa? ¿Qué implica? ¿Qué leyes la dictan? Con el tiempo he hallado algunas respuestas, y me he planteado nuevas preguntas.

Porque mi identidad la construyo cada día, influenciada por mi historia y ese pasado en Satélite. Cada vez que escribo es una afrenta a la construcción de mi identidad como periodista. Cuando viajo o pienso en mi país de origen me cuestiono mi herencia mexicana, sin comillas. Y cuando amanezco en Estados Unidos o cruzo la frontera, entiendo que la vida quiere que me plantee ser inmigrante o latino, ideas que no corresponden con lo que pensaba de mí mismo hace apenas unos años.

Aunque siempre hay fuerzas externas que quieren cuestionarnos ese derecho, Esto no es Berlín confirma que cada uno de nosotros tiene la libertad inalienable de definirse a sí mismo. La moraleja es muy simple: La identidad no nace ni se hereda. Se construye con base en una decisión únicamente individual, y es lo que nos hace ser humanos.

Esto no es Berlín se estrena este 23 de agosto en Los Ángeles y Miami. Ya se puede ver en España y ciudades como Nueva York. Se espera se estrene en México antes del fin de año. Este es el quinto largometraje de mi hermano. Las anteriores son las películas son Sin ton ni Sonia (2003), El sueño de Lu (2011) y Despertar el polvo (2013) y el documental Sunka Raku: Alegría Evanescente (2015).