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OPINIÓN Cultura tecnológica

Cuando descubres que en realidad no puedes vivir sin tu teléfono

[Usuaria promedio #12] Un intento por demostrar mi falta de dependencia hacia mi dispositivo móvil, acabó mostrándome todo lo contrario.

'Usuaria promedio' es una columna en primera persona sobre los hábitos de una adicta a la tecnología que quiere exponer sus problemas con la modernidad.


Ya he contado que actualmente soy la no tan feliz dueña de un iPhone 8. Un dispositivo móvil que no sólo padece de una carencia de conector de audio estándar, sino que además tiene tendencias suicidas. Como lo oyes. Es dejarlo encima de una superficie plana y aparentemente inofensiva y mi iPhone 8 acabará saltando y en el suelo.

Tras dos caídas de este tipo sobre suelo duro (la moqueta y la madera por suerte son bastante inocuas) y otra en unas escaleras mecánicas mi pantalla estaba demasiado rallada y rota para mi gusto (tanto que hasta olvidé hacerle una foto para ilustrar esta columna). En todo caso, hice lo que suelo hacer cuando tengo problemas técnicos: pedir hora en la genius bar. El día de mi visita hice una copia de seguridad de mi teléfono en iTunes y llevé el móvil a la tienda.

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Mi teléfono y las libretas de notas y libros que llevo en el bolso para llenar las esperas sin necesidad de sumergirme en el móvil.

Patricia Puentes/CNET

El genius que me atendió me sugirió, así de entrada, que comprara una funda para mi iPhone 8. Según él, la parte trasera y frontal de cristal son lo que provocan esas tendencias resbalosas. Curioso, mi iPhone 4S también tenía cristal por delante y por detrás y nunca trató de suicidarse —y lo que sí tenía mi iPhone 4S era un conector de audio.

El genius me dijo que en dos horas le cambiarían la pantalla a mi teléfono y podría recogerlo. Pero era lunes, era tarde, quería irme a casa y tenía la necesidad de demostrarle al mundo que en realidad no soy dependiente de mi teléfono móvil para nada. El chico me dijo que podía recogerlo al día siguiente sin ningún problema a partir de las nueve de la mañana. Mi intención era recogerlo hasta la pausa del mediodía.

Debería explicar que dejé el teléfono en la Apple Store con tal despreocupación porque, en realidad, tengo un teléfono auxiliar. Un iPhone 6S del trabajo que usé para llamar a mi marido y decirle que si necesitaba ponerse en contacto conmigo, lo hiciera en aquel número. También usé ese teléfono para escuchar mi podcast de noticias catalanas de las tardes (aunque en lugar de hacerlo mediante el app Podcast, tuviera que buscarlo en Safari) y para comprobar la temperatura del día siguiente (hemos tenido una primavera muy esquizofrénica en San Francisco).

Estaba bastante orgullosa de mi fuerza de voluntad y capacidad de desintoxicación hasta que llegué a casa. Por suerte llevaba una copia de la llave en el bolso y pude usarla para entrar (normalmente lo hago con el app August que se comunica con mi cerrojo inteligente). Ahí me di cuenta de que lo de estar sin móvil, tal vez no era tan buena idea.

Al entrar, mi Dropcam no se apagó como pasa normalmente cuando sabe que estoy en casa. Sin el teléfono no me detectó. La tapé y esperé a que mi marido llegara para que se apagara al detectar su teléfono.

Decidí rescatar mi iPhone 6 jubilado y traté de usarlo como teléfono auxiliar (acababa de recordar que al día siguiente había programado una entrevista y se iban a poner en contacto conmigo llamándome a mi número). Pero mi teléfono viejo no tenía SIM y no podía recibir llamadas. Pude usarlo al día siguiente para pedir un Lyft (conectado al Wi-Fi de casa), pero en cuanto llegué al centro de la ciudad me fui directa al Apple Store. Ya no era sólo que necesitara mi teléfono para estar localizable para la entrevista, la mayoría de herramientas que usamos en redacción requieren de verificación de dos pasos para iniciar sesión y para eso necesitaba mi teléfono principal.

Así que me fui a esperar a la calle hasta que abrieran el Apple Store de Union Square con un grupo más de personas impacientes por recuperar sus preciados dispositivos. Había querido demostrarme que no dependía de mi teléfono y la impaciencia con la que esperé a que me lo entregaran (tenía prisa para volver a la oficina) me hizo sentir como una adicta sin remedio.

Cruza los dedos por mí y mi teléfono. Sigo sin creer que comprar una funda para él sea buena idea (desde un punto de vista meramente estético). Pero si tengo que volver a dejarlo a reparar tengo un plan: sacarle antes la SIM y usarla con mi teléfono antiguo (que iba a tratar de vender por eBay, pero ya no). En todo caso, no voy a pretender que puedo vivir sin móvil en 2018. 

Si te ha gustado esta columna no dejes de leer sobre las otras vicisitudes de la autora con su iPhone 8. Desde lo mucho que odia que no tenga jack de audio, hasta su incapacidad de sumergirlo en agua por miedo a que se averíe.

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