Cómo un viaje en el Google Self-Driving Car me abrió los ojos

Mientras esperaba sorprenderme con el hardware de los autos autónomos de Google, descubrí un impresionante software que está mapeando todos los detalles del mundo.

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¡Adiós! Éste es el auto autónomo que me sacó a pasear en Mountain View. Crédito: Gabriel Sama/CNET
 

Como muchas cosas en mi vida, la experiencia de subirme al famoso Self-driving Car de Google no fue lo que me esperaba. Y creía que el hardware de Google me iba a deslumbrar, pero lo que me dejó con la boca abierta fue el poderosísimo software que Google está desarrollando para mapear todos los detalles del mundo.

Durante aproximadamente 20 minutos, Google me dio una vuelta alrededor de sus oficinas en Mountain View, California, en uno de sus autos autónomos con otros dos periodistas y dos empleados de la empresa – un chico y una chica. Él iba sentado al volante (algo que en este contexto suena extraño, porque el volante lo tocó solo al entrar y salir del estacionamiento); ella controla la computadora con el software que Google usa para controlar los autos.


Fue un viaje apacible, sin contratiempos. De hecho, por momentos se me olvidó que lo que manejaba el auto no era la persona sentada en el asiento del conductor, sino una computadora.

Y, supongo, esto es justamente lo que Google pretende a largo plazo: que dejemos que una máquina nos maneje, y que se nos olvide que lo está haciendo.

“Nos subimos al avión y al tren sin pensar quién y cómo lo conduce”, dice Chris Urmson, director del Google Self-Driving Car Project. “Imagina un mundo en donde le dices a tu vehículo a dónde quieres ir pero tu no tienes el control”.

Google usa unas dos docenas de camionetas Lexus blancas modelo 2013, las cuales equipa con láser, cámaras y radares y las pone a prueba durante varias horas todos los días. Siempre van dos personas a bordo: el conductor, que toma el control cada vez que el auto no sabe qué hacer, y un copiloto, que compara la información del software con la vida real y toma nota para hacer correcciones y ajustes.

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El botón en la esquina inferior derecha sirve para desactivar la capacidad autónoma del auto en caso extremo. Crédito: Gabriel Sama/CNET
Hay un enorme botón rojo al interior del auto para desconectar la capacidad autónoma en caso extremo, aunque el conductor puede tomar el control con tan solo presionar el acelerador; también, puede ajustar la velocidad manualmente con un botón especial. Pero además de un par de botones más para el encendido del sistema - y el equipo de sensores colocado dentro y fuera del vehículo - el auto es el modelo Lexus híbrido salido de fábrica.

Así que, en una hermosa tarde soleada en Silicon Valley, nos dispusimos a la aventura. Primero: nada de cámaras. Segundo: pónganse el cinturón. Ahora veo que, dado que el auto autónomo de Google está programado para ser extremadamente precavido, quizá el cinturón estuvo de más.

Como recorrimos una zona urbana, el auto nunca rebasó las 35 millas por hora. El vehículo tiende a acelerar rápido y dar vueltas un tanto cerradas – sin invadir nunca el otro carril, lo cual es más difícil de lo que parece; por ende, las vueltas son un poquitín bruscas.

El auto está programado, literalmente, para manejar con un abuelo. Se detiene a varios metros de distancia de los autos de enfrente, no cruza las intersecciones a menos que tenga suficiente espacio para cruzar por completo y, aunque acelera un poco en amarillo, lo hace cuando está 100 por ciento de tener espacio enfrente.

El software marca unas "barreras" virtuales que abarcan no solo el carril donde va el auto, sino los lados. El vehículo nunca cruza barreras rojas (altos, pasos peatonales), pero avanza cuando tiene una barrera verde delante (que indica que toda su alrededor es seguro, según el sistema). Cuando se acerca a un paso de tren, por ejemplo, baja la velocidad considerablemente. Y en la única ocasión en que hizo algo más humano, aceleró un poco cuando se puso rojo a mitad de la intersección, cuando aún no cruzaba por completo. Los pilotos explicaron que la ley dice que una vez que comenzaste a cruzar, debes pasar del todo a pesar que cambie la luz del semáforo.

Fuera de eso, no hubo ningún contratiempo. Y eso, como dije, es justo lo que Google quiere. La empresa ha sido clara que la seguridad es la prioridad número uno. Los autos autónomos han recorrido miles de millas desde 2010 y solo han sido parte de dos accidentes muy leves.

Mientras que yo pensé que Google me iba a deslumbrar con su tecnología automotriz de punta, lo más impresionante de estos vehículos no es el hardware – los radares de láser, cámaras o sensores que le compra a terceros – sino el software.

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Los pilotos y copilotos de Google solían ponerle apodos a los autos; ya son tantos - y tan parecidos - que han dejado de hacerlo. Crédito: Gabriel Sama/CNET

Si bien Google Maps y Google Street View son tecnologías impactantes, nada me preparó para los “mapas” que el equipo del Self-Driving Car desarrolla para controlarlo. El software muestra en la pantalla todos los objetos alrededor del auto, marcándolos con colores diferentes: violeta para otros carros, amarillo para peatones y rojo para bicicletas.

Debo aclarar que sin este software, el auto autónomo estaría totalmente ciego. Google debe registrar cada detalle del camino antes de soltar la autonomía del vehículo porque si no éste no sabría qué hacer ni a dónde ir.


Por eso, Google ha programado cada curva, acera, paso de peatones, semáforo, señal e intersección por donde viajan los autos. Sin esta información, el vehículo no sabría dónde se encuentra. La clave del software es la combinación de datos duros (las cosas que no cambian) con los imponderables que obligan a la computadora a tomar la decisión de acelerar/frenar o maniobrar el volante. Tomando toda esta información en cuenta, probablemente Mountain View es hoy en día una de las ciudades más mapeadas del mundo.

Por eso, es mucho más complicado para el auto autónomo recorrer un ambiente urbano que una autopista. El campus de Google, al que le dimos la vuelta, está lleno de estos retos para al vehículo autónomo, pues hay peatones, calles en reparación, bicicletas y muchos semáforos. El sistema distingue, por ejemplo, entre una bicicleta y un peatón porque se comportan de forma diferente. Me llamó la atención, por ejemplo, que a una persona en silla de ruedas la marcó como bicicleta y que no hace distinción entre niños y adultos.

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Esto es lo que "ven" los sensores del auto, que utiliza esa información para tomar decisiones. Crédito: Gabriel Sama/CNET

La clave de esto es que para que un vehículo pueda recorrer de forma autónoma una ciudad, Google primero tiene que meter toda la información que afecte la experiencia de manejo en su base de datos y asegurarse de haber programado todos los escenarios posibles en el software que controla el vehículo. Una tarea titánica, que quizá solo Google puede hacer.

"Es mucho trabajo, pero no es intimidante", dice Urmson, el director del proyecto. Recordemos que esta es la misma empresa que ha fotografiado gran parte del planeta - con Street View.

Y entonces, durante la tranquilidad de mi recorrido en el auto autónomo, donde lo más interesante fue ver el monitor de la computadora con todas las imágenes e información que el software del auto utiliza, que me cayó un enorme veinte.

Mientras que yo pensaba que Google quiere desarrollar el hardware para crear autos totalmente automatizados, la gigante está usando la tecnología como siempre lo ha hecho: usará estos autos que lo ven todo para recopilar la mayor cantidad de información posible y crear un “mapa” de todo tipo de datos del mundo que nos rodea, con cada detalle, medida, cambio, silueta y coordenada y que entienda el comportamiento y actividad de todo lo que vive ahí. Los autos autónomos de Google, pues, son una especie de herramienta médica, como esos catéteres con cámara diminuta que se insertan en las venas para hacer un diagnóstico completo del paciente.

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