Con Google Earth y celulares, los Surui de Brasil van al rescate del Amazonas

Una tribu de la selva brasileña está combatiendo a los cazadores furtivos, los mineros de oro ilegales y los taladores de árboles con la ayuda de imágenes satelitales y celulares.
James Martin/CNET

"Muere si es necesario, pero nunca mates". -Cândido Mariano da Silva Rondon, explorador brasileño


Sobrevolando el estado brasileño de Rondônia, todo lo que puedes ver es una gran mancha verde obscura de la selva amazónica, salpicada de algunas parcelas ovaladas de tierra seca color marrón. Estas parcelas no se parecen a las extensiones agrícolas geométricas, circulares y cuadradas, que vemos en Estados Unidos. En realidad, son más un desordenado grupo de manchas sin forma. Un delgado río marrón que atraviesa esta maraña de árboles, eventualmente serpenteará a lo largo de miles de kilómetros en todo el continente. 

No hay nadie que simplemente un día tome sus cosas y se vaya a Rondônia. Sin embargo, aquí estoy con el fotógrafo James Martin, en un avión que gira en círculos hacia un pequeño puesto de avanzada en medio de uno de los lugares más aislados y amenazados del mundo. Nos aproximamos hacia una pista de aterrizaje que mide lo mismo que un par de cuadras de una ciudad, y que está flanqueada por pasto amarillento.

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Los Surui de Brasil luchan por salvaguardar el Amazonas.

James Martin/CNET

"Bem-vindos a Cacoal [Bienvenidos a Cacoal]", anuncia la azafata.

Estoy aquí para conocer a Almir Narayamoga Surui. Es el jefe de uno de los cuatro clanes de la tribu Paiter-Surui, que significa "la gente verdadera, nosotros mismos" en el idioma local. Los Surui tal vez sean el grupo indígena con mayor dominio técnico del Amazonas, y Almir podría ser uno de los líderes locales con mayor dominio tecnológico del Amazonas. Él impulsó una asociación única en su tipo con Google Earth para generar imágenes satelitales regulares sobre la deforestación ilegal, y ha creado mapas a partir de sistemas de información geográfica (GIS, por sus siglas en inglés) para rastrear zonas de alto riesgo. Almir también está administrando proyectos de generación de datos a través de teléfonos inteligentes con miembros de la tribu para asegurarse de que no se ejerza la caza excesiva.

Ese trabajo es crucial para la supervivencia de la selva tropical y las personas que viven aquí.

Es una transformación muy significativa desde que los Surui entraron en contacto por primera vez con el mundo exterior en 1969, cuando la deforestación, la ganadería y los enfrentamientos con vecinos y tribus rivales los forzaron a emerger de su aislamiento en la selva tropical.

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Los Surui hacen uso de sus celulares y de Google Earth para monitorizar la tala de árboles y caza de animales.

James Martin/CNET

Ese contacto casi les cuesta su existencia. La nueva exposición a enfermedades, como la tuberculosis, el sarampión y la influenza, diezmó a los Surui: su población disminuyó de 5,000 miembros a menos de 300 en la década de los 70.

Si bien los Surui han vivido en este rincón del Amazonas mucho antes de que se convirtiera en parte de Brasil, el gobierno no les otorgó oficialmente su propio territorio hasta 1983. Se llama el Séptimo de septiembre, nombrado así por el primer día de contacto.

El Séptimo de septiembre es de casi 1,609 kilómetros cuadrados y es una de las pocas áreas forestales que quedan en la región. La jungla aquí fue destruída a una velocidad de un campo de fútbol por minuto a lo largo de los años ochenta. Al menos 11 por ciento del bosque de Rondônia desapareció durante ese lapso de 10 años. Actualmente, es el estado más deforestado de la región amazónica en Brasil.

El objetivo de Almir ahora es asegurar que el Séptimo de septiembre se mantenga intacto. Sin embargo, hay fuerzas que trabajan activamente contra él.

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Esta es la localidad de Lapetanha con 75 habitantes. Tiene electricidad, agua corriente, una clínica de salud y una escuela. Una torre ubicada en el centro del pueblo brinda conexión Wi-Fi. 

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"El Séptimo de septiembre ha sido invadido por mineros de oro, taladores y agricultores", dice Almir. "Dentro del territorio hay mucha deforestación. Y para nosotros, esto es muy peligroso".

Almir se convirtió en el líder en 1992 cuando tenía 18 años. Es robusto, tiene abundante cabello negro y los rasgos faciales anchos típicos de los Surui, con ojos empáticos y nariz ancha. Por lo general, opta por usar pantalones de mezclilla y una camiseta, junto con los tradicionales collares de cuentas. Dice que me llevará al Séptimo de septiembre
para mostrarme qué está haciendo y contra qué se enfrentan los Surui.

El trabajo de Almir tiene un sentido de urgencia que va más allá de defender el Séptimo de septiembre o, incluso, de Rondônia. El mundo entero, literalmente, depende de la existencia del Amazonas. La selva tropical más grande del mundo produce más de 20 por ciento de nuestro oxígeno y captura alrededor de 2,200 millones de toneladas del dióxido de carbono que se produce en la Tierra por año. Este volumen es igual al que emiten casi 4,300 millones de autos que se conducen anualmente.

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Así se vive en el pueblo de Lapetanha, que se encuentra dentro del territorio Séptimo de Septiembre. 

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El Amazonas también tiene un papel primordial en la regulación del clima. Si la selva tropical desapareciera, la temperatura global se elevaría y los patrones de lluvia se distorsionarían sin control, según un análisis de investigadores de la Universidad de Virginia. Hawaii quedaría sumergida. La sequía dominaría el medio oeste de Estados Unidos. Y el impacto afectaría todo, desde la agricultura hasta la generación de agua potable.

"La amenaza es más urgente que nunca", dice Brian Hettler, gerente de Nuevas Tecnologías del equipo de Amazon Conservation Team, una organización sin fines de lucro que trabaja para preservar los bosques tropicales y las culturas locales. "Perder la capacidad de procesamiento de dióxido de carbono de la selva amazónica y de otros bosques tropicales [podría] acelerar el cambio climático y conduciría a una reacción en cadena de consecuencias ambientales negativas".

Almir, James y yo salimos de Cacoal en su camioneta gris Mitsubishi 4x4 con ventanas polarizadas para que nadie pueda ver al interior. Todos aquí conducen el mismo tipo de camioneta. Comenzamos hacia el este en una pequeña carretera de dos carriles y luego giramos hacia el norte por un camino de tierra.

Durante kilómetros, el paisaje no es otra cosa que cercas que protegen tierras de cultivo secas con un árbol de plátano, un mango o una palmera ocasional. Las vacas flacas y blancas con costillas abultadas se juntan alrededor de pozos de agua llenos de lodo. Cabañas de cemento de colores brillantes en la carretera, coronadas con antenas parabólicas, venden frituras de marcas comerciales y Coca-Cola.

Me doy cuenta de que estamos conduciendo a través de una de esas parcelas marrones ovaladas de tierra que vi desde el aire.

Caímos y rebotamos a lo largo de un camino de lodo durante casi una hora. A lo lejos, un túnel oscuro nos espera. En la medida que nos acercamos, veo que es un denso muro de selva tropical que se eleva a casi 61 metros de altura. Una abundante extensión de árboles Ficus y Lupuna, estrangulados por enredaderas y luchando por alcanzar la luz del sol, se alzan hasta la parte superior de las copas de los árboles.

"Este es el borde del territorio", dice Almir, dibujando una línea horizontal invisible con su dedo.

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Almir Narayamoga Surui, con una corona que denota su posición como jefe de la tribu Paiter-Surui, está parado en su pueblo Lapetanha, en Brasil. 

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Cuando entramos en el Séptimo de septiembre, las tierras de cultivo se reducen inmediatamente y el aire seco se transforma en húmedo. El tono bronceado del camino de tierra se torna a color rojo oscuro tipo ladrillo.

Después de aproximadamente tres kilómetros, la selva se abre para revelar una aldea de aproximadamente 75 personas, rodeada de árboles de mandarinas, plátanos, café y cacao. Esta es la aldea de Lapetanha, la tierra natal de Almir. Las gallinas corren sin control entre las casas de tablones de madera y bloques de cemento. Hay electricidad, agua corriente, una clínica de salud y una escuela. Pero la estructura predominante es una torre de acero de 12 pisos que ofrece Wi-Fi para conectar a los aldeanos con el mundo exterior.

Almir me presenta a Rone Mopidmore Surui, quien ayuda a monitorizar la caza en el Séptimo de Septiembre. Los Surui todavía cazan principalmente con arcos y flechas. Pero en estos días, usan smartphones para rastrear la cantidad y el tipo de animales que cazan, en su mayoría cerdos salvajes, armadillos, aves y monos. Es parte de un programa de monitorización que la tribu comenzó en 2010 para asegurar que la práctica sea sustentable.

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Kennedy Enaroesamaya Surui será el próximo jefe de los Surui cuando Almir se retire.

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"Si no cazamos a estos animales, pueden convertirse en plagas. Comen mucha fruta", dice Rone Mopidmore Surui, quien ayuda a gestionar el proyecto. "Tienes que cazar no demasiado y no muy poco para mantenerlos en control".

Todos los meses, Rone y otros 20 trabajadores entrevistan a los aldeanos para conocer lo que han cazado y luego recopilan datos sobre cómo se sacrificaron los animales, así como sus edades, sexo y peso. Averiguan si el animal fue cazado por comida, suministros artesanales o fines medicinales. Si el animal fue asesinado recientemente, toman una foto. Rone y los demás agregan estos datos a un app en sus smartphones. Luego se compilan y analizan para obtener una imagen más amplia de la vida animal en el Séptimo de septiembre.

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Una pila de troncos de árboles que fueron cortados en un área remota de Mato Grosso.

James Martin/CNET

Mientras cae la noche en Lapetanha, los vecinos se reúnen, aplastan mosquitos y cuentan historias en su lengua nativa Tupi-Monde. Una mujer se sienta en un tapete de paja tejiendo cestas de hojas de palma. Un niño ve videos de Batman en YouTube en su smartphone.

Almir saca su propio smartphone y abre Google Earth. Enfoca en el Séptimo de septiembre, luego selecciona y magnifica una zona en la parte superior del territorio. No se parece mucho, sólo luce como un pequeño bulto marrón con un par de tractores. Él nos explica que es una mina de oro ilegal.

"¿Podemos ir ahí?", le pregunto.

"Sólo puedes ver estas imágenes", nos dice. "Ir hacia allá es peligroso".

Sin embargo, me dice, vamos a patrullar y pasar la noche en el bosque, muy cerca de ahí, en unos días.

Un activista abierto, Almir, de 44 años, ha pasado décadas gestionando acuerdos entre el gobierno brasileño y organizaciones internacionales para llamar la atención sobre la deforestación. Se reunió con el presidente Bill Clinton en 2011 y tiene una relación personal con Al Gore, el Príncipe Carlos, Jane Goodall y Bianca Jagger. Fue el primer miembro de los Surui en ir a la universidad, obteniendo una licenciatura en biología por la Universidad de Goiânia en 1995.

En 2003, mientras trabajaba en un cibercafé, Almir se tropezó con Google Earth. Buscó a Rondônia en el motor de mapeo satelital y se enfocó en el Séptimo de septiembre. Lo que encontró lo sorprendió. La pequeña zona verde que era el territorio de Surui estaba rodeada por una profunda deforestación. Aún más inquietante fue cuando vio áreas dentro del Séptimo de septiembre que no sabía que habían sido taladas.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que Google Earth podría ser una herramienta muy importante para ayudar a los Surui a proteger sus tierras.

Cuatro años después, Almir viajó más de 8,000 kilómetros para conocer a Rebecca Moore, jefa de Google Earth, y su equipo en la sede de la compañía en Mountain View, California.

"No vino a pedir ayuda. Vino a proponer una sociedad", dice Moore. "Él llegó a decirme: 'ustedes saben sobre tecnología, nosotros sabemos sobre el bosque'".

Almir le dijo a Moore que Google Earth tenía mucha información sobre las ciudades del mundo ––calles, hospitales, restaurantes y cines––, pero no había nada sobre los territorios indígenas.

"Lo que él estaba articulando no era un tema que sólo funcionaría a los Surui. Era una verdad que aplicaba a todos los pueblos indígenas del Amazonas", dice Moore. "Necesitábamos hacer un mejor trabajo para ponerlos en el mapa".

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Debido a la tala ilegal de árboles y la minería ilegal, lo que antes era un bosque frondoso ahora se ve así. 

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Google Earth ahora envía imágenes satelitales de Almir del Séptimo de septiembre cada mes y ha capacitado a los Surui para que usen las herramientas de mapeo. La compañía también agregó información detallada sobre el territorio, la cultura e historia de los Surui en Google Earth. Los usuarios pueden, por ejemplo, hacer un acercamiento en la región para ver fotos del árbol Jenipapo ––que produce la tinta que los Surui usan para pintar su piel–– y ver por dónde vagan los jaguares salvajes.

Google Earth ahora trabaja con 57 tribus en todo el Amazonas y con docenas de otros pueblos indígenas de todo el mundo. También integró los 472 territorios indígenas de Brasil en Google Maps.

Los esfuerzos de Almir por terminar con la tala ilegal y la minería, y preservar las culturas nativas, lo han convertido en un objetivo. En 2007, los taladores ofrecieron US$100,000 por asesinarlo, obligándolo a abandonar el área por un par de meses. Otras amenazas también hicieron que Almir tuviera que salir de su hogar nuevamente en 2011. Y las amenazas continúan.

Los asesinatos por conflictos de tierras son comunes en el Amazonas. El asesinato del ecologista Chico Mendes en 1988, en la localidad vecina de Acre, en Rondônia, es uno de los casos más famosos, pero estuvo lejos de ser el último, dice la organización de vigilancia, Comisión Pastoral de la Tierra. Sólo el año pasado, 70 personas fueron asesinadas por conflictos de tierras en Brasil, por arriba de las 61 reportadas en 2016.

"Es un momento delicado para muchas culturas en el Amazonas", dice Moore. "Estas son las personas que defienden la selva tropical, que son los pulmones del planeta para todos nosotros. Todos deberíamos tener un interés en ayudarlos a defender y preservar sus culturas y sus tierras".

El Séptimo de septiembre tiene 27 aldeas, la mayoría de ellas agrupadas en el extremo suroeste del territorio, que se encuentra en Rondônia. Vamos a patrullar más de 160 kilómetros de Lapetanha, en parte dentro del territorio que se encuentra en el estado de Mato Grosso. No hay aldeas o ciudades cercanas –– sólo bosques y un camino de tierra.

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Una mujer Surui en Lapetanha teje una canasta con hojas de palma. 

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Para llegar allí, comenzamos por la carretera 364 de Brasil, que recorre la parte sur del Amazonas desde la frontera peruana hasta el estado costero de São Paulo. La construcción en la autopista interestatal comenzó en 1961, como parte de una iniciativa del gobierno para llegar a los habitantes locales y empujar el desarrollo económico de la cuenca del Amazonas. Para 1980, medio millón de personas se habían trasladado a esta región. Pero con ellos vino la inmensa deforestación y el desplazamiento de las comunidades nativas.

Antes de la carretera 364, casi toda Rondônia y Mato Grosso estaban alfombradas por selva tropical y, según las Naciones Unidas, era habitada casi exclusivamente por grupos indígenas.

El expresidente de Estados Unidos, Theodore Roosevelt, entró en la zona en 1914 con el famoso explorador brasileño Cândido Mariano da Silva Rondon. Era una de las regiones más inexploradas y peligrosas del mundo, conocida por el dominio de las anacondas, anguilas eléctricas, pirañas y grandes enjambres de mosquitos portadores de malaria. 

"A pesar de su apariencia exterior, la selva tropical no era un jardín de la abundancia, en realidad era precisamente lo contrario", escribe Candice Millard en su libro de 2005, El río de la duda: El viaje más oscuro de Theodore Roosevelt.

"Sus tranquilos y sombreados salones de frondosas opulencias no eran un santuario, sino el mayor campo de batalla natural que existía en cualquier parte del planeta, albergando una lucha constante y sin remordimientos por la supervivencia que ocupaba a cada uno de sus habitantes, cada minuto de cada día".

Roosevelt casi muere de fiebre y por una herida en la pierna que tuvo durante ese viaje. El río que descendió en canoa ––llamado en ese entonces Río de la Duda–– fue nombrado Río Roosevelt.

El Río Roosevelt está a menos de 80 kilómetros del Séptimo de septiembre y está cerca de donde vamos a patrullar. Mientras conducimos por la carretera 364, el paisaje, antes verde, ahora es árido.

Almir sale de la autopista y continúa hacia el norte por una carretera estrecha y pavimentada que nos lleva a Ministro Andreazza, una aldea de aproximadamente 11,000 habitantes. Es un lugar polvoriento con puestos de botanas, tiendas de electrodomésticos y talleres de reparación de automóviles. Hay una fábrica de madera en expansión en las afueras de la ciudad. Docenas de filas de tablas delgadas se secan en estantes de rejillas, mientras que los tractores arrastran troncos gigantes antes de colocarlos en pilas de 3 metros de altura.

Imágenes tomadas por satélite de 1984 a 2012 muestran la deforestación que rodea al Séptimo de Septiembre. 

Google/USGS/Landsat

"Esta ciudad tiene muchas personas que destruyen el bosque", dice Almir. "Hay muchos conflictos de tierras con las personas que viven aquí".

Ministro Andreazza es una ciudad fronteriza y violenta, y algunos de sus habitantes se escabullen en el Séptimo de septiembre para cazar, pescar y talar árboles, explica. Su objetivo principal es el árbol de la nuez de Brasil, que crece perfectamente recto y puede alcanzar los 61 metros de altura. Se ha talado con tanta ferocidad en Brasil que ahora está en peligro de extinción y está prohibida su tala por ley. Pero eso no ha detenido su destrucción.

"Tienen muy poca presencia policial aquí", dice Almir.

"¿Es peligroso para ti pasar por esta ciudad?", le pregunto.

Almir asiente con la cabeza y sigue conduciendo.

El camino que pasa frente a Ministro Andreazza se convierte rápidamente en tierra. Pequeñas granjas se ven dispersas sobre colinas de oro; las vacas blancas pastan o se sientan en la sombra. Pero este panorama bucólico es sólo una fachada. La historia de este lugar es oscura y violenta. Una proporción muy pequeña de esta tierra fue comprada y vendida de forma legal y transparente. La gran mayoría fue tomada en procesos de invasión de tierras.

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Almir abre Google Earth en su teléfono, y hace zoom en el Séptimo de septiembre para mostrar una mina de oro ilegal. 

James Martin/CNET

En el Séptimo de septiembre, la situación ha empeorado desde que se descubrieron en el territorio depósitos de oro y diamantes hace unos cinco años. Algunos miembros de los Surui informan a los mineros sobre los depósitos de minerales que hay a cambio de un pago.

Si bien las imágenes satelitales mensuales de Google Earth muestran a los Surui los lugares donde estas invasiones han dañado el bosque, no ayudan a la tribu a intervenir y detenerlos. Ahí es cuando la Google Earth Engine entra en acción.

"Lo que realmente se necesita en este tipo de situaciones es un sistema de alerta, casi en tiempo real, que obtenga imágenes frescas, datos nuevos y que pueda detectar cuando los cambios suceden", dice Moore, de Google Earth.

Así es como funciona: Google se asocia con organizaciones de monitorización de la selva tropical, como las organizaciones sin fines de lucro Imazon y Global Forest Watch, para proporcionar potencia de cómputo a los petabytes de datos satelitales que se reciben diariamente. Google Earth Engine analiza rápidamente esas imágenes para detectar dónde se ha alterado el bosque. Luego, las organizaciones pueden alertar a las tribus locales sobre la destrucción, casi al momento que está ocurriendo.

Desde sus oficinas en Cacoal (izquierda), los Surui crean mapas GIS que combinan imágenes de Google Earth y evidencia de actividades ilegales que recolectan durante el patrullaje. Los usuarios exploran el Séptimo de septiembre en Google Earth (derecha) y pueden hacer clic para ver información sobre la tierra de los Surui, su cultura e historia. 

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"Al reunir el conocimiento local con el procesamiento en la nube de los datos satelitales que se reciben todos los días, se obtiene una imagen completa", dice Moore.

La deforestación aquí tiene muchos orígenes. Comenzó con la extracción de caucho y la minería a lo largo de los años 1900 y luego pasó a la agricultura de tala y quema en los años 70 y 80. Ahora, gran parte de la tierra despejada se utiliza para la cría de ganado o cultivos de soja y algodón.

Rondônia es uno de los lugares más afectados. Para 2010, había perdido 42 por ciento de su selva tropical, según Global Forest Watch. Además, ese número sigue subiendo. Los datos de julio del grupo de monitoreo forestal brasileño Imazon muestran que la deforestación en Rondônia fue más alta este año que en cualquiera de los últimos 10 años.

Con tan poco bosque que queda, los madereros y taladores ilegales no tienen reparo en seguir hacia las áreas indígenas, dañando tanto el bosque como las culturas nativas.

"Sin ese territorio, sin ese bosque, sus culturas no pueden existir como lo han hecho hasta ahora", dice Hettler, del equipo de Amazon Conservation Team. "La gente y el bosque están interconectados".

Por ello, en 2016, Almir lanzó una llamada de ayuda.

"Desde principios de este año, hemos sufrido una invasión total de taladores y buscadores de oro y diamantes. Todos los días, 300 camiones se van de nuestro territorio llenos con madera", escribió, y agregó que la tribu había encontrado restos de mercurio y cianuro en tres ríos tras la extracción de oro.

"Las implicaciones son terribles", continuó Almir. "Además del daño ambiental y de la amenaza a nuestra forma de vida, esta invasión está poniendo en peligro directamente a nuestras familias y nuestros niños. Honestamente, estamos bajo la amenaza de las armas de los taladores y mineros".

Después de unas cuatro horas a lo largo de ese camino polvoso, pasando un grupo de semirremolques apilados con troncos, llegamos a nuestro destino final. Está marcado por dos palos unidos en una cruz cruda. No hay camino en este territorio, sólo pasto pisoteado. Almir arranca la 4x4 hacia una pequeña colina dentro del bosque, adentrándose sólo lo suficiente como para ocultar su camioneta entre los árboles.

Desde aquí, caminamos. Es caliente, oscuro y ruidoso.

La selva tropical no es un lugar tranquilo. Se está moviendo, cambiando y creciendo constantemente. Los helechos se desdoblan y las ramas y bayas caen de los árboles. Los sonidos son como si siempre estuviera lloviendo. Las guacamayas rojas vuelan en lo alto lanzando graznidos y las cigarras cantan en un tono febril. Búhos, monos y armadillos gruñen y gritan.

Alcanzamos a un grupo de patrullas de 28 personas que llegaron antes que nosotros, y quienes ya habían montado algunas hamacas en grupos de cuatro y cinco. Las escopetas descansan contra los árboles cercanos. Uno de los equipos ha prendido una fogata con café caliente. Un hombre que lleva un arco y una flecha de casi dos metros de largo se acerca para mostrarnos un gran pájaro gris que acaba de matar para cenar.

A medida que se desvanece la luz del día, colgamos nuestras propias hamacas para dormir. A lo largo de la noche escucho semirremolques que suben y bajan por el camino de tierra.

En la mañana siguiente, nos pusimos a patrullar en la camioneta de Almir. Tres Surui armados están con nosotros. Conducimos por un camino improvisado que está lleno de malezas que nos llegan a los hombros. De vez en cuando, uno de los hombres salta para cortar una rama o una enredadera y sacarla del camino. En un momento dado, Almir reduce la velocidad del camión para ver lo que parece ser otra carretera improvisada.

"Los taladores hicieron eso", dice y continúa por el camino.

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Los Surui usan camionetas 4x4 para patrullar la selva y buscar evidencia de minería y tala de árboles ilegal. 

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Después de aproximadamente una hora, llegamos a un pequeño claro esparcido con restos de madera. Parece como si alguien hubiera acampado aquí.

"Invasores, no indígenas", dice Almir.

Finalmente llegamos al Río Branco, uno de los principales ríos que atraviesan el Séptimo de septiembre. Rocas volcánicas grandes y planas flanquean las orillas del río marrón, lechoso y de movimiento lento. Almir y su tripulación saltan de roca en roca, armas en mano, en busca de señales de actividad ilegal. Encuentran una lata de cerveza vacía, un signo revelador de invasores, ya que el alcohol está prohibido en este territorio.

Almir reportará estos campos y caminos al gobierno y a la policía. Pero la mayoría de las veces, no hacen nada.

"La omisión del gobierno es significativa", dice. "La caza ilegal, la pesca, la tala. No hacen nada".

Él me explica que las autoridades se escudan en la práctica de "patear la lata". Si él pide ayuda a la policía, lo envían con funcionarios del gobierno. Si él va con el gobierno, estos funcionarios lo envían de vuelta con la policía. Aún así, ha habido ocasiones en que las autoridades sí llegaron a la zona. Hace dos años, la policía federal allanó una mina de oro ilegal en el Séptimo de septiembre y quemó una de las excavadoras del operador.

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Un hombre Surui prepara una fogata. 

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Almir dice que cuantas más pruebas e información tengan de actividad ilegal, más probable será que las autoridades ayuden. Es por eso que los Surui se enfocan en reunir evidencia y en construir un caso. Y en estas situaciones es cuando entra en juego el conocimiento tecnológico.

La tribu tiene una oficina en Cacoal, donde tienen reuniones, capacitaciones y trabajan en las computadoras. Varias personas tienen la tarea de alimentar la información enviada desde Google Earth y de integrar la evidencia reunida por la patrulla en diferentes mapas de GIS. Los Surui luego muestran estos mapas a las autoridades federales y estatales, así como a grupos internacionales de derechos humanos y organizaciones ambientales.

Para crear sus mapas, los Surui caminaron primero cada metro cuadrado del Séptimo de septiembre, detectaron zonas deforestadas, afluentes de ríos y puntos de referencia. Eso les llevó cinco años. Luego ingresaron esta información a los programas GIS, que ahora actualizan regularmente. Su mapa de "riesgos y amenazas", por ejemplo, muestra las operaciones de extracción y explotación minera, junto con caminos y campamentos improvisados como los que vimos.

"Nunca antes habíamos tenido esta información en un mapa que se pudiera actualizar con tecnología", dice Almir. "Actualmente es necesario hacer esto. Si no resolvemos cada una de estas amenazas, más adelante se convertirán en un problema mucho mayor para nuestra gente".

Mientras manejamos de regreso a Cacoal, es difícil imaginar la tierra desecada amarillenta como el exuberante bosque que alguna vez fue. Almir apunta hacia un árbol elevado que está parado aislado en un campo distante. Su sólido tronco grueso es recto como una flecha y tiene una copa muy ancha.

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La noche cae en Lapetanha y los vecinos se reúnen para contar historias en su lengua Tupi-Monde.

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"Es un árbol de nuez de Brasil", dice. "Este es el único nativo sobreviviente aquí".

Él estima que tiene aproximadamente 80 años, aunque estos árboles pueden vivir hasta 500.

"No la está pasando bien", agrega. "Míralo. Es muy infeliz estando ahí solo, a ellos les gusta estar rodeados por el bosque".

Si bien el trabajo de Almir se enfoca en proteger el Séptimo de septiembre, es muy consciente de la importancia que tiene todo el Amazonas para el planeta. Espera que el uso de la tecnología por parte de los Surui se convierta en un modelo para otros grupos indígenas y conservacionistas. La tribu también está buscando otras soluciones. Como parte de un plan de 50 años creado en 1997, los Surui han plantado 700,000 árboles en las áreas deforestadas del Séptimo de septiembre, que incluyen caoba, cacao, açaí, copaiba y nuez de Brasil. El objetivo es, eventualmente, plantar un millón de árboles.

"Los humanos no pueden vivir sin el bosque y el bosque no puede vivir sin los humanos. El equilibrio es clave para la naturaleza", dice Almir. "Nuestro trabajo es mantener este equilibrio".

El bosque húmedo no es lo único que está renaciendo. Desde su devastador primer contacto, hace casi medio siglo, los Surui han ido reconstruyendo lentamente su población. Actualmente tienen alrededor de 1,400 miembros.

Le pregunto a Almir si cree que el contacto fue algo bueno.

"Todo tiene un impacto", dice. "No hay nada que no tenga impacto".

Luego se detiene y piensa por un momento.

"Fue bueno", dice definitivamente. "Porque nuestro pueblo no se acabó".

Sin el contacto con el mundo moderno, los Paiter-Surui habrían sucumbido ante la violencia y la destrucción que aún amenazan al bosque, considera. Ahora tienen su propio territorio y las herramientas del siglo XXI que podrían salvaguardar el futuro de la gente verdadera.